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Controlar el miedo

Cuando efectuamos todas nuestras actividades siempre tenemos la confianza de que lo hacemos bien, que lo hemos aprendido y sabemos controlar la situación. Así caminamos todos los días a la escuela, conocemos el camino, conducimos, desayunamos, manejamos cubiertos y herramientas, escribimos y leemos. Todo esto con la seguridad en nosotros mismos y en las herramientas que manejamos en la cotidianidad que forma nuestra vida y nos ofrece la experiencia. La destreza crece,  entre mejor lo hacemos y la maestría llega cuando la confianza y seguridad se introduce en nuestra forma de ser.

Pero qué es lo que pasa si algo falla, la rutina se quiebra porque algo pasó en el camión o en el auto, alguien amaneció indispuesto en casa, nos desvelamos o alguien nos dijo una mentira y no pudimos dormir porque nos decepcionamos, estamos tristes o nos mantenemos en vela enojados.

Tal vez no hay sentido para lo que haremos al otro día y ya no hay confianza y comienzan los miedos a despertarse. A pensar en que acumulamos años o no hemos alcanzado una meta. Quizás esa persona en la que tanto habíamos confiado ya no lo es y dependíamos de eso, el miedo invade con la interacción con las personas.

Asi que cuando nos cubren esos temores comienzan también las inseguridades en todo lo que hacemos, que si no estudiamos bien, que  qué tal si no funciona, a lo mejor es tramposo, me dejará tirado el trabajo, para qué hago lo que hago si nada me sale bien.

Los miedos entonces conforman nuestro comportamiento y se introducen en la cotidianidad, se pierde la brújula y el sentido del hacer se diluye poco a poco, ya no importa si se hace o no importa si comienza con una perorata que no termina en ninguna acción.

La confianza es como la esperanza, se podría decir que son sinónimos, también es como la fe en algo o alguien, se pierde cuando esperamos que todo salga como se piensa, como se planea. Pero si algo falla ya no salimos a la calle porque pensamos que algo sucederá o alguien se atravesará en el camino y mi tolerancia será menos que cero. Así que la confianza, fe y esperanza aparecen  en el mismo camino y cuando alguno desaparece comienza el pánico en cada paso que se da.

Enfrentar los miedos, dicen, es la mejor medicina para avanzar y recuperar la seguridad o eliminar cualquier resentimiento o tal vez seguirlo alimentando pero al fin y al cabo el enfrentamiento es inevitable si se quiere seguir cuerdo.

Cuando es alguna desavenencia llena de telarañas tal vez se pueda compensar el daño y descargar el costal que diario cargamos por alguna culpa o revancha. Pero si se queda con nosotros esa carga, nuestro camino siempre será como el de Sísifo, siempre será lo mismo y nunca se podrá avanzar salvo que se tenga el valor de ver esos temores cara a cara y para eso necesitamos conocernos bien porque no es cualquier cosa el enfrentar un miedo. Se dice fácil pero aceptar que lo tenemos  es un trabajo arduo y de carácter.

No porque sea una cuestión de mortal resolución aunque si sería mortal el no enfrentamiento porque permanecerá hasta la muerte y pediremos perdón a cada persona que se atraviese en nuestro camino agónico, así que pensándolo bien si es mortal para el alma y para el cuerpo. Estaremos estancados tanto como eso que nos corroe no sea eliminado o saneado y se pueda perdonar a uno mismo o tal vez a alguien o a algo. Aunque en el fondo siempre los miedos nacidos son por propia decisión, la de creer que algo puede ser del tamaño de nuestras expectativas, eso es desear de acuerdo a como nosotros pensamos que debe ser, creo que eso el origen del deseo o esperanza en algo o alguien y por lo tanto sí somos responsables de crearnos esos miedos, tal vez de manera inconsciente, por cariño, por confianza, por deseo.

No hay manera de seguir adelante con miedos, temores o inseguridades, la vida no puede darnos certezas absolutas ni siquiera una certeza en  la cima de un razonamiento. Así que será mejor que avancemos o dejemos nuestra existencia en manos de una lechuga que finalmente pasará inadvertida salvo que alguien la tenga en un sandwich.

Mi amiga trazadora

Mis objetos más preciados han sido siempre cuadernos y plumas. No colecciono cuadernos pero si acumulaba plumas. Son herramientas increíbles pero además mis dos grandes amigos.

Recuerdo que me gustaban mucho mis clases de escritura, cuando todavía se usaban manguillos y tinteros, ah! qué delicia se sentía correr la plumilla sobre el papel que brincoteaba un poco cuando no me daba cuenta que mi manguillo traía las patas como orqueta, ahí sí que mis pensamientos trotaban cual carreta de trajín de campo. Sin embargo, su deslizamiento era estoico al final de clase.

También son armas grandiosas y temibles porque una vez mi manguillo sirvió cual espada para recuperar mi dignidad pisoteada. La última vez que lo usé fue en la pierna de mi compañera que no me dejó terminar mi escritura por jalarme del cabello.

Ese fue el último día que  blandía mi espada entintada y a partir de ahí la he utilizado para plasmar mis pensamientos y tengo buen cuidado de escoger mis plumas para escribir porque no hay nada que más me disguste que hacerlo con un lápiz o boligrafo prestado. Es como escribir algo ajeno, algo que no me pertenece.

Escojo el punto medio porque me parece que el fino es miedoso e inseguro como si alguien escribiera sobre una cuerda floja y que con cualquier movimiento pecaminoso o truculento, las letras temblaran sin poder ser comprendidas.

Tampoco me gusta el punto grueso porque me parece grotesco, tumultuoso, derrapando entre el querer  darse a entender y el hacerse bolas a propósito so pretexto para encubrir las verdaderas intenciones.

Mi favorito siempre fue el punto medio, incluso en lápiz. Me gusta porque siento que es claro, preciso, directo. Muy sensible en las emociones,  tambaléandose de dolor o alegría. Siempre se muestra claro ante su escritor.

No me gusta el punto azul, me parece burocrático y anodino y ni qué decir de marcar las mayúsculas con otro color. En eso también habría que poner atención. Los colores en la escritura reflejan también el respeto de lo que se escribe. También la fuerza con que empuño mi escritura, habla mucho de quién escribe.

Las plumas que acumulé durante mucho tiempo se fueron haciendo obsoletas. Unas las conservo por puro sentimiento aunque ya no sirvan, otras las tengo por útiles pero siempre las escojo con cariño y devoción porque son las que siempre me han acompañado junto con mis cuadernos a caminar por estos misteriosos recovecos de mi mente. Y ha sido la única herramienta y amiga que ha soportado en infinidad de ocasiones los altibajos de mis emociones. Y aunque mi escritura cojea, se lastima y cae, es mi pluma la que siempre se atraviesa en mis cotidianidades y obcenos pensamientos sin que haya en sus trazos ni un dejo inseguro.

Cuando mi corazón no se atreve a denunciar, el sentido de mi pluma conoce ya mi deseo, invitándome siempre a descararme y entregarme al placer de trazar mis sentimientos.

Tomar la pluma que me ayuda a desfogar mi corazón es parte del ritual para escribir. Saber tomarla es parte de la confianza que tendré en ella para que descifre las letras y aunque es la extensión de lo que plasmo se deforma su movimiento cuando todo lo que traigo no se puede resolver en una frase. Ella comienza a  desfigurar mis líneas, se enoja, se ofende que mi pensamiento no sea claro y me sienta insegura.

Si la suelto no es como desocupar un lápiz o una goma, ella sabe que me tiene hasta la última gota y mis líneas acabarán con ella y todavía la conservaré recordando juntas esas partes que quedan sin llenar, me recuerda que hay que terminar y afrontar eso que me duele o me alegra y me invita de nuevo a jugar con esos códigos que me permitan expresar lo que llevo dentro.

Es mi amiga que no me critica ni juzga siempre a mi lado, presta para atender lo que quiera delinear en un papel o cuaderno y la única que me acepta cual soy.

 

Vejez o ancianidad

Dicen “los que conocen” que es la séptima y última etapa en el desarrollo de la vida, creo que nunca me di cuenta de las otras seis. Sin embargo, estoy consciente de que sí es la última aunque a veces me confundo con ambas y me saltan diferentes significados, muy personales por supuesto.

Pienso que la ancianidad es el avance de los años, la acumulación de muchas juventudes, un cúmulo de experiencias, sabores, colores, variaciones en los sentimientos, la piel arrugada, los músculos flácidos, una pléyade de achaques, dentadura postiza, lentitud en las actividades, fuerza menguada y todas esas cuestiones peyorativas que me suenan cuando hablan de la “tercera edad”.

Pero aún así, el corazón sigue latiendo, anciano sí, pero no de ánimo o de ansias por nuevos proyectos, emociones, se tiene más tiempo, fondos económicos tal vez, pero el cerebro funcionando, creando, haciendo, no para gusto de todos o para obtener más ingresos sino para uno mismo.

Tiempo para aquellos proyectos dejados a mitad del camino, lecturas pendientes, escritos, esculturas, dibujos, un instrumento musical, todo al alcance, del tiempo abierto, la tercera eufemísticamente. Pero aunque se anticipa menos tiempo de vida, uno siempre dice: un día a la vez y eso se vive.

Se está más tiempo en el pasado, nostálgico, melancólico, qué tendría de malo o inútil, creo que nada. Al contrario es el tiempo de recordar aquello que se dejó por obligaciones, apatía,  obstáculos no superados o  miedo. Más irreverencia o menos temor por decir lo que se siente sin menoscabo del qué dirán.

Sin embargo, la vejez es otro significado, es el colapso de las emociones, la incapacidad del cuerpo para manejar situaciones por lo regular angustiosas, impactantes. Alguna experiencia traumática que avanza rápidamente a través de los órganos para salir y mostrarse en un rostro encanecido, triste, asustado, enojado, ansioso, angustiado. Alguien que interiormente se rinde ante el espectáculo de su vida, de sus pensamientos ansiosos, de rencores rumiados a diario, de venganzas planeadas constantemente, de decepción por el mundo o por uno mismo. No hay distinción de edad para este envejecimiento, se da en muchos jóvenes, adultos jóvenes, aquellos que siguen luchando por un espacio propio un mundo ideal, real, tranquilo, benevolente.

Hay jóvenes que se sienten viejos y ancianos. Viejos porque se resignan, tienen una visión derrotada de sus propias vidas y luchan para crearse su propio mundo perfecto y como la sociedad determina la muerte social, estos viejos ya lo sienten en la espalda, en sus quehaceres, la prisa los invade, se sienten desadaptados. Son jóvenes viejos, los prejuicios de la edad los invaden y también la arrogancia los cubre, pues al sentirse “viejos” creen ser maduros, desdeñando a los “jóvenes”. Los ideales como decía Galeano son caminos a seguir, son los planes que se crean con cierta perfección en la mente pero al estarse llevando a cabo existe siempre una contingencia un algo que desvía el plan perfecto y ahí es cuando se cae en la depresión o decepción. Uno siempre tiene grandes expectaciones hacia lo demás hacia otros. Esperamos siempre lo mejor sin tomar en cuenta que la realidad en la que se vive crea numerosos vectores hacia el punto final. Es ahí donde se envejece, se frustra, se amarga la existencia.

Así que ancianidad es la acumulación de años y experiencia. Vejez la resignación y la derrota. Ambos diferentes quehaceres de la vida.

EL SILENCIO

El silencio, es un espacio sin sonido sin ruido. Es quizás de reflexión interna aunque a veces  miedo insoportable.

Puede ser tan violento que la llegada de la locura resultaría muy fácil; porque tiene voz y por lo tanto un cuerpo. Los ermitaños y los espirituales lo veneran, es  parte de su existencia.

Pero…  en ausencia de ruido externo, los sonidos vienen de la mente así es que el silencio permite oír esas voces, todavía sin creerse una atrofia mental. Como si fuera la redención de  ciertos fantasmas que puede ayudar a la concentración.

Aunque también hace larga una espera, invitación a pláticas con uno mismo tal vez es el intermediario entre lo que se cree que se es y lo que la mente cree que ese ser es. Porque son dos personas y el silencio lo dice a cada instante. Cuando no hay ruido externo se piensa que todo está en calma pero siempre hay un mundo de ideas que hablan y cuando están en concordancia con lo que se siente entonces el  silencio reconforta y se le ama.

Puede ser que el silencio sea prudente cuando una persona lo posee, se le califica de sabio incluso. Pero también es un gran represor, obliga a encarar eso que no se confronta y no se toma el reto, la persona se voltea y se duerme.

Quiero ruido externo cuando estoy harta de pensar en  cuestiones exteriores que me apabullan y me crea un ambiente inquieto que no me permite hacer  o decir algo que quiero. Me sumo en el silencio cuando no quiero lastimar algo, entonces él llega y me impone un tapabocas que me impide decir lo que siento.

Siempre digo lo que siento y a veces no es tan bueno aunque sea sincero, no hay entendimiento y prefiero un gran silencio que pueda  ser interpretado como mejor le convenga a quien le moleste. El silencio me da respuestas pero también me da tela para hacer una historia neurótica, miedosa e insegura.  Así que vuelvo al ruido que me permite confundir las palabras de mi mente con las incoherencias externas.

La comunicación a veces se me vuelve tan pesada y tengo en mi mente grandes sentimientos que tengo que expresar pero ahora tengo miedo de decirlas, siempre por alguna razón ya son pocas o ninguna las personas que me entienden. Veo el mundo desde mi perspectiva como todos los demás, no es igual, hay detalles que no concuerdan en algún punto con otros pensamientos u otras manera de ser  y es ahí donde me golpeo  y vuelvo al silencio, parecería sumisión, pero lo cierto es que es cansancio de querer siempre ser entendida y aunque los demás me dicen que no tiene nada que ver lo que pienso con lo que digo, la verdad es que hay siempre una línea que tiene que ver siempre con ese algo que me platican o me dicen. Sin embargo, estoy cayendo en un mundo que no comprendo y ya no tengo ganas de querer entender lo que el otro me dice porque no se me permite explicar lo que siento en su totalidad. Siempre tengo que bailar al son que me toquen para no crear problemas. Así que el silencio ha resultado para mí más benéfico que otras cuestiones con lo que pudiera rebatir ciertos puntos de vista. El silencio me ha dado la oportunidad de pensar bien si es tan necesario que siempre diga lo que siento y veo que la respuesta que me envía es un tanto tranquilizante para mí.

Me gustaría tener alguien con quien hablar sin tapujos, aparte de mí misma   pero cuando me permito oírme tampoco me comprende. Pero esa alegría de tener una buena plática, algo interesante sin que sea profundo sucede cada día menos.

He llegado al punto en que nada es trascendental  y el silencio me permite darme cuenta de muchas situaciones y actitudes. Creo que ya no hablaré de lo que pienso sino trataré de no crear conflictos y si mi amigo el silencio me sigue ayudando junto con mi voluntad podré salvar esta melancolía que cada vez crece sin dejarme disfrutar de muchos detalles tan pequeños externamente pero grandes para mí.

El silencio, el silencio siempre existe, lo opacan los ruidos, los golpes con los objetos, el aire, todo lo ajeno al silencio ayuda a que no ponga mis pensamientos en orden, pero cuál orden. No hay orden en las ideas cuando no se tiene un lugar de destino. Cuál es mi destino?  No lo sé, creía que lo sabía pero ahora no lo sé, por eso acudo a silenciar mis pensamientos, mis sueños.

Ahora llueve y eso me gusta, el silencio se parte, huye por un momento y me gusta. Ver la lluvia caer, aunque suene a cliché es muy agradable, me da frescura y veo su transparencia, esa claridad que el silencio a veces me da.

Me da una pausa, esta lluvia para pensar positivamente y decirme que tengo que seguir venturosa de mi vida, aunque me siento sola, me pregunto si el silencio se siente solo, creo que no. Muchos como yo lo añoran o lo están disfrutando o lo están sufriendo. A veces siento el sufrimiento pero no me duele el silencio, deseo que desaparezca y que tenga frente a mi alguna alegría que ya no puedo tener o sea que tengo nostalgia por eso que siento que he perdido aunque no sé si un día lo tuve, tal vez lo soñé.

La civilización, el progreso, el avance están destruyendo espacios silencios de reposo sin muerte, de existencia sin vida. El futuro me da miedo, las personas se conocen ahora a través de tecleos tontos que silencian al yo verdadero, puedo escribir lo que quiera sin que nadie pueda percibir realmente lo que soy, la estupidez de la tecnología calla el silencio de la reflexión y a nadie parece interesarle. A veces creo que la encomienda de la maravillosa tecnología , estúpida y rápida permite que el silencio no se presente, por lo tanto no hay concentración, hay inquietud de seguir tecleando cualquier tontería, no importa que los demás sepan lo “feliz” que soy, finalmente  la comunicación no establece ningún lazo real, todo efectivamente es “virtual” literalmente, porque nada de lo que escribo existe. Nadie me conoce y no conozco a nadie, así que prefiero apagar el “comunicador mecánico” y me sumo en mis pensamientos cuando el silencio vuelve a mi mente. No quiero pensar en nada que no sea la trasmisión de lo que ahorita estoy pensando y cuando más me sumo con la combinación de silencio y concentración me llega una suerte de ánimo para leer o escribir. Me olvido de cosas vanas, mis preocupaciones ahí estarán porque no hay nada que trabajar por el momento, así que aprovecho el silencio a mi alrededor sin nadie que me interrumpa o me pregunte o me requiera para algo. Soy sola con mi silencio y esto que estoy escribiendo gustosa creo que si sigo sumergiéndome podría escribir cuestiones infinitas, de infinita observación y reflexión y me duele, me duele el mundo y lo que heredamos y no quiero ser cómplice aunque lo soy. Así que silenciosamente coopero para que mi pensamiento sea sólo uno y me tranquilizo, no quisiera saber de nada ni de nadie, todo me lastima, tal vez creen que soy muy fuerte lo cierto es que sigo asiando no sé de qué para fortalecerme. A veces el silencio me trae la imagen de mi madre, siempre fuerte, siempre sonriendo eso me hace avanzar pero también la necesidad de estar con ella, aunque no sé si sea tiempo.

Cuando el silencio me acompaña regresan a mi las ganas de hacer mucho, no tengo cansancio y la rutina no me oprime, así es que disfruto estos momentos de silencio, agradeciendo este espacio que me ha permitido escribir lo que siento, sin que suene a que estoy loca, senil o incoherente.

Tengo un problema cardíaco

Tengo un problema cardíaco que me araña el alma,

No sé cómo siento pero el tiempo se me acaba,

Tengo un problema cardíaco, aunque soy afortunado de presenciar hoy el alba,

Pero tengo sueños incumplidos y la culpa me acompaña.

Mi corazón envejecido busca respuesta y no la halla,

La angustia también está y el escorzor me carcome

Y no tengo más allá que pedazos de recuerdos

Que me nublan cada día este pobre entendimiento.

Tengo un problema cardíaco de suspiros que se escapan

De sueños que para ti, tenía escondidos en mi alma

Mas tiempo ya no me queda para situaciones largas

¿Por qué me dejaste solo?

¿Tan malo es así mi karma?

No sé hasta cuándo pero sé que el tiempo corre

Y yo no lo logro alcanzarte

Mi corazón siempre quiere estrecharse con el tuyo

Pero siempre tu muralla se impacta con tu repudio

Tengo un problema cardíaco y confío que al concluir, estas heridas abiertas

Estén prontas a ceder ya en este cansado cuerpo y entonces

por ese esfuerzo tan vano desfallezca ya por fin

por esos sueños que nunca, nunca te pude cumplir.

Somos crueles

 LOGO BABEL 1

 

Algunos filósofos o pensadores o escritores aceptan que el hombre es violento por naturaleza, malo dirían otros. Lo cierto es que de esta violencia surge el pensamiento de ser crueles, es decir, de infligir dolor o sufrimiento a uno mismo o a los demás o en algún objeto por qué no.

La crueldad actúa incluso en pequeños detalles cotidianos y además ejerce un velado o descarado placer en aplicarlo en aquello que lastima o que se cree origen de un sufrimiento mayor en uno mismo. Y hay un comportamiento vigente de crueldad en cada uno de los pensamientos que producen incomodidad incluso, son como pequeñas venganzas que nos hacen justificar esos actos porque se piensa en la bondad del origen del comportamiento personal y la ingratitud a quien no aprecio el acto.

Aplicamos crueldad sutil en comportamientos que parecen ser tiernos y delicados o en sobreproteger a alguien tanto hasta inutilizarlo, mutilarlo para que no funcione sino alrededor de uno mismo o de las necesidades del otro. Quizás ni se perciba como acto malévolo sino como un acto de justicia y eso suele ser peligroso sino se percibe en conciencia la sutil línea entre uno y otro.

La crueldad sacude la tranquila naturaleza de la persona y le llega como emoción profunda y despiadada viendo cómo quien la inflinge se regodea internamente al ver el sufrimiento de ese que se piensa más cruel que el mismo que ejerce el acto.

Se puede sentir el deseo de atormentar al otro en pequeñas acciones como el no decir lo que se siente, no enfrentar ese dolor y reclamarlo o explicarlo. No, el hombre no está educado para dialogar ante la crueldad del otro, está para aplicar el dolor de la misma manera y aún con mayor intensidad para hacerle notar cuán nefasto fue su proceder.

Actualmente se vive un entrenamiento constante en la violencia, aquella declarada en imágenes fijas o en movimiento, en el lenguaje velado como libertad de expresión, en las comunicaciones impersonales, en las burlas, los acosos, las ironías o sarcasmos. Todo es crueldad hacia la propia esencia del hombre pero también el otro lado se expone, la necesidad de reconocimiento, de sentido por la propia vida, del miedo al compromiso, de incapacidad de hablar con el otro o mantener el contacto visual que permita la transparencia del alma.

De manera que al ser vulnerables en el interior se construye una personalidad ficticia, que no es uno mismo y se utiliza para defensa y ofensa pero llorando siempre en el fondo. Porque sufre más quien contiene el recipiente de resentimiento y dolor y lo va volcando en su cotidianidad que a aquellos a quien se los lanza en olvido, venganzas, represalias, malas formas y actitudes enfermizas. Así que seguirmos siendo el problema pero también la solución.

Los pulgarcitos

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El título resulta hasta curioso, el enfoque iba directamente hacia aquella historia que habla de un pequeño ser del tamaño de un pulgar por eso “Pulgarcito” que lucha contra el ogro venciéndolo con inteligencia. Pero aquí el nombre es “Pulgarcita” llamada así esta obra porque habla de una nueva generación de ¿humanos?

Si humanos con una nueva forma de ver la vida, porque no conocieron la vida de sus padres como lo pueden ser la convivencia en un campo, el cuidado por convicción de la naturaleza, los juegos en patios traseros, caerse de una bicicleta y tener muchos amigos con quien rasparse las rodillas y llenarse de lodo.

Tampoco conocen de moral o algo que les indique el valor de lo humano. Su mundo está lleno de otras maneras de ser y de sentir el mundo. Su esperanza de vida hasta los 80 años y tan humanos como cualquiera pero tan diferentes en su cosmología. Todo ha cambiado para estos pulgarcitos

Escribe de la tecnología, del ofrecimiento de los saberes a través de una red virtual. Pulgarcitos porque es quizás el artefacto con el  que más se identifica una manera de comunicación ambulante que se lleva prácticamente a todos lados. Y cómo se utiliza este celular para transmitir mensajes, ideas o cualquier otra operación: Se sostiene esta herramienta con los demás dedos, dejando al descubierto la pantalla y los pulgares libres para disparar a gran velocidad lo que uno desee a quien sea y en donde sea. Así de ese tamaño es el mundo actual, pulgarcito, no?  Pequeño e inexistente o mejor dicho virtual. Puede o no ser real, según como se utilice porque no sólo se requiere destreza sino la capacidad de elegir con buen juicio, madurez o pensamiento crítico.

En fin, el principio de este texto es como un poco desgarrador y crudo. Especifica una generación de humanos que conocen el mundo a través de sus pulgares en un aparatito que les permite percibir una cosmovisión un tanto irreal. Y sin embargo, en su mundo real se les exige tener el conocimiento para apreciar naturaleza, espacio de juegos al aire libre, la comunicación con el de enfrente, la búsqueda de una figura cuando apenas se forma su carácter.

Parecería que es una historia pero no es una percepción de lo que sucede con los jóvenes y personas de cualquier edad sumergidas en la tecnología, redes sociales, mundos virtuales. Esa manera sintética de conocer el exterior.

Escribe sobre las toneladas de información que a la mano puede tener cualquier persona interesada en navegar por el ciberespacio. La manipulación de la información, que finalmente la gente no atina a escoger cuál es la que le conviene. Porque como no hay entrenamiento en razonamiento verbal o matemático, la cuestión de los saberes a través de la tecnología resulta peligrosa.

Además mucho tiene que ver en esta formación la atención que los padres tengan en estos jóvenes. Pasar la tarde tranquilamente mientras se ahogan en juegos de video, por lo regular violentos. O darle a un pequeño de dos o tres años un celular para que se entretenga y no de problemas, es muy fácil, por ahí comienza el manejo inconsciente de la información, por diversión y entretenimiento que luego se convierte en una ausencia total del mundo existente.

Habla también del papel que las escuelas pueden dar a los alumnos pero absorbidos en la burocracia y corrupción tampoco ellos tienen soporte o interés por hacerlo.

Y aunque es crudo en este recorrido de la generación futura también es propositivo porque  menciona la necesidad de trabajar en un entrenamiento adecuado,  no delos saberes, sino de la manera de transmitirlos con eso que pareciera diabólico que es la tecnología.

En realidad resulta que si se le utiliza de manera consciente y precisa esa red de información dejaría de contener basura porque al adquirir un juicio de valor sobre los contenidos nuestra tecnología estaría más a favor por el crecimiento del espíritu humano y no por la riqueza absurda que se obtiene de la ignorancia.

 

Pulgarcita, Michel Serres, Fondo de Cultura Económica, 1ª. Ed. en español, Argentina 2013, pps.98

 

Desentilichando mi vida

DESENTILICHANDO MI VIDA ii

Como cualquiera otra persona tengo un lugar llamado desván, bodega, sótano o caja vieja de cartón o madera. Ahí guardo todo lo que siento me puede servir de nuevo. Dejo ahí papeles, servilletas, etiquetas, fotografías. Cosas más grandes tal vez libros, revistas, mis diarios acumulados y toda suerte de cuestiones importantes que en algún momento atesoré. Ropa querida pensando en que algún podré ser la talla de hace treinta años. La onda vintage sería mi estilo así que lo conservo por si acaso, por si las dudas. Cámaras que ya no tienen reparación, mesas porque creí en un proyecto y lo dejé sin luchar, carpetas con presentaciones que siguen con pequeñas reminiscencias de querer ser “ejecutivo” de nuevo.

Cada año acostumbro desentilichar, es decir, tirar todo aquello que ya no me sirva desde una plancha a la que un día quise componer porque le faltaba un tornillito y nunca lo busqué. La jarrita que me gustó y jamás usé. También una chamarra que guardaba para ocasiones especiales pero eso no se presentó así que también va para afuera. Todos mis trebejos de años anteriores figuritas de algún novio, mensajitos románticos y hasta poemas, pues como ya es “ex” lo que sea, no es necesaria la conservación de alguien o algo que tuvieron sentido en algún momento.

Esto de la acumulación y suma de recuerdos y cositas, listoncitos y todo esto a lo que llamo trebejos resultan en espacios requeridos cada vez más grandes. Me parece que a veces mi casa es una bodega donde guardo los viejos recuerdos de las personas que aún estimamos, sus regalos y las fotografías con ellos. Junto con los de mi familia y parientes.

También se esconden esos antiguos proyectos que con gran entusiasmo comencé y que a la postre sólo fueron sueños que no se asentaron reales u obstáculos que nunca pude superar. También me deshago de esos juegos en familia que nunca practicamos y guardo esas fotos de años en donde creí que mis hijos no crecerían tan pronto. Ahora los sustituyo por los actuales esos mis adultos jóvenes abriéndose paso con grandes ilusiones. Eso me enorgullece y hasta ahora puedo verlos como hombres caminando su vida con alegría y perseverancia.

Esos dibujos que hicieron de pequeños, fotografías y ropita de cuando eran bebés, sus medallitas y zapatitos. Todo eso que puede resultar cursi en una persona pero con el tiempo son experiencias compartidas que nunca se olvidan. Eso lo conservaré siempre. Archivo en una gran carpeta todas sus destrezas en la pintura y en las letras. También sus cartas a los Reyes que ahora después de tantos años de haber dejado su niñez permanecen con nosotros cada fin de año.

Sigo poniendo a la sombra mis querencias. Son fotografías de mi infancia con mis padres y mis hermanos tal vez con la esperanza de que un día volverán aquellos a los que sigo extrañando. He tenido grandes afectos que a su partida conservaron siempre una montaña de cuestiones increíbles como análisis de todos sus hijos, boletas de calificaciones, sus dientes de leche hasta libros de texto, supongo que mucho mejores que los de hoy.

Con los años me he dado cuenta de que es mejor dejar ir aquello que me mantiene en el pasado y no me permite avanzar. Lanzar por el aire aquello que me duele y decretar que seguiré adelante con lo que tengo. Arrojar a la basura los detalles dolorosos, las frustraciones o relaciones añejas ya fastidiadas de seguir el mismo círculo ahora ya indiferente. Mantener físicamente todo aquello que pensé permanecería eterno sólo me ha llevado a aguijonear la existencia sin querer avanzar. Sosteniendo aquello tan querido que pareciera que fue un instante el vivido y no muchos años.

Así que este año como todos los anteriores desentilicho mi vida, elimino recuerdos y suspiros tontos, todos los que pueda. Conservando únicamente las buenas experiencias y dejando en el olvido todo aquello que me ha corroído muchos instantes. Es buena terapia, romper, tirar y regalar todo aquello que ya no uso, ya no quiero o me lastima. Eso se irá seguramente a la incineración o estará más feliz en una casa hogar o vendiéndose en algún mercado de pulgas.

 

 

 

 

Los buenos propósitos de cada año

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Tal vez no debería existir una lista de buenos propósitos, sino una lista de logros que nos indiquen que seguimos vivos. Las buenas intenciones de cada año no sólo enumeran lo mismo con pequeños o ningún cambio sino que es un fastidioso pliego de frustraciones, errores y nostalgias. De qué serviría hacer esto si siempre es justificable cada año. Nunca se eliminan las nuevas o viejas miserias, nudos existenciales y los proyectos de vida que al comienzo son de gran entusiasmo regresan al baúl de los recuerdos, siguiendo así el círculo vicioso que termina cada año en autocompasión.

Qué más da gordos o delgados, emprendedores o no. Lo que caminamos en el año es lo que cuenta, si a nuestro único y universal juicio hemos avanzado, todo está bien, no hay ganadores o perdedores. Ni tampoco hay conformistas o ambiciosos. Simplemente personas gozosas de lo que hacen y en esa medida también su retribución material o inmaterial se reflejará en su vida.

Así de fácil. Hacer una planeación de un proyecto es válido, menos tropiezos y más posibilidad de éxito. Pero qué hay del espíritu del hombre, esos pequeños comportamientos que construyen las buenas decisiones y la armonía con el exterior. Uno que se edifica día a día tiende a ser más feliz y satisfecho, haciendo de sus tareas su propio proyecto de vida.

Es decir, si queremos que realmente algo funcione entonces el trabajo será interno, siempre hacia adentro, analizando qué es lo que nos llevó a ser obesos o a dejar el ejercicio o a gastar más. Seguro que habrá siempre algo muy dentro de cada uno que sabe la causa original de aquellos buenos propósitos que siempre hacemos cada año y nunca se cumplen.

Y por qué no, la lista podría contener las causas verdaderas de aquellos efectos que siempre se pretenden borrar cada año. Es fácil decirlo pero tener la humildad quizás cueste mucho más, porque en el fondo a quién le gusta darse cuenta de todas sus miserias, errores de conducta y comportamientos. Creo que a nadie, si no se tiene esa humildad consigo mismo, esa honestidad de hierro que nos permita vernos como en un espejo y realmente aceptar que somos el contenedor de todo lo que nos pasa y de esta manera no se llegará a fin de año con la tonta lista de buenos propósitos.

La lista podría tener otra modalidad, es decir, por qué no medir por nuestros actos y decisiones, la práctica de la tolerancia, paciencia, prudencia, constancia, empatía, voluntad y todos aquellos valores que nos hacen humanos y acrecientan el espíritu.

Si no respondemos a la ira en los momentos de enojo se está practicando la prudencia, si reflexionamos y analizamos antes de hablar o actuar se ejercita la razón, si hay respeto para el otro se manifiesta la tolerancia y continuar así con esto, se caerá en la cuenta de qué tanto podemos cambiar lo que siempre nos incomoda o molesta.

Así que una lista de buenos propósitos será un ejercicio diario y no esperar a que todo toque fondo y se sienta culpa por tantas pobres decisiones que se toman cuando sólo el gusto y la complacencia miden el comportamiento. De esta manera el placer efímero de las tentaciones tenderá a desaparecer.

La práctica de los valores que nos convierten en humanos, hacen de cada persona una virtuosa en la vida, con toma de decisiones que evitarán fugas de energía, fastidio y vicios. Los profesionistas de la salud serán sólo guías de prevención y mantenimiento. No serán reparadores de vanidades, excesos y todo aquello que evita el disfrute de la vida en toda su plenitud.

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La memoria

La memoria es una suerte de bodega cerebral dicen que con un poder de almacenamiento indescriptible. Es el archivo de la vida y cada ser tiene la propia. Porque qué sería ese ser vivo sin un algo que le diga lo que es y lo que va construyendo.

Contiene recuerdos, siempre recuerdos porque todo al pensarse y hacerse, en ese mismo instante, se vuelve un pasado confinado, bajo llave. La memoria se puede entrenar, ejercitarse como todo músculo. Debe hacerse porque siempre necesita alimentarse de cuestiones novedosas e interesantes y de eso que impacta y emociona.

Aunque también es defensora de experiencias desagradables, lo tóxico se olvida en el subconsciente, en un archivo muerto, no olvidado sino simplemente abandonado, arrinconado, eso dicen los conocedores del mecanismo de la mente. Y si el “conócete a ti mismo” funcionara como lo pregonaba Sócrates, fácilmente encontraríamos el camino que nos molesta. De lo que queremos soltar y que nos da miedo porque quizás nos convierta en un nadie, en una nada. Desconectados y sin poder funcionar porque no tendríamos roce con un mundo, con el exterior. Así que en el camino de la vida será siempre importante fortalecerla y desechar todo aquello que ponga en riesgo la plenitud del ser humano, nuestra plenitud.

Ella es la que nos permite seguir adelante. Quererse y respetarse es vital. Nutrirla con cuestiones bellas, inteligentes, útiles y valiosas. Porque todo eso que se acumule fortalecerá el espíritu. Sin éste, la memoria sólo actuará sobre caminos de amontonamiento efímero que aunque placentero finalmente será doloroso y vacío. Y no importará una gran suma de experiencias guardadas, el crecimiento interno será nulo porque la memoria sólo tendrá chatarra sobre la senda.

Este cofre lleva, lo que recuerda el ser humano y vive con eso que contiene. Son sus modelos a seguir. Vive de lo que se acuerda y de lo que sabe hacer, perfecciona procesos que ayuda a la sofisticación en su manera de almacenar. Marca actitudes, habilidades.

Y aunque en su complejidad existan debilidad y fortaleza. La suma de todo lo aprendido hará que ambas corran un solo camino. Mucho de esto reside en los buenos hábitos, la repetición y la constancia que desarrollarán un orden de ideas adecuadas para organizar, concentrar y recordar.

Constantemente hay que alimentarla, pero en un proceso selectivo, es decir, si los nutrientes de la memoria son basura, el comportamiento y la actitud también lo serán. Así que una tarea para el buen desarrollo de todo humano siempre será nutrir esa caja llamada memoria con todo lo que permita avanzar y realizar lo soñado, pensado o sentido. Es una parte importante de la inteligencia porque será ella la que tome de la memoria el proceso a seguir en la vida.

Si la persona llega al hastío, a la rutina, a soltar intereses vanos, la actividad cerebral hará que la memoria se debilite. La persona entristece y el cuerpo sufre de aquello que no recuerda o que no tiene porque lo creyó inútil, de lo que se ha ido por desilusión, coraje o por impactante y doloroso. El miedo y el temor bloquean la memoria y le impiden establecer una normalidad en su vida.

La memoria no tiene intenciones, sólo almacena. La voluntad de vivir y el interés que conlleva la reaniman y la templa. La ciencia resulta ser fría y ayuda por supuesto pero lo que detona el avispamiento de la memoria, no es la inteligencia no, es la energía vital de la voluntad lo que dispara el lanzamiento de lo que se tiene en ese baúl y que junto con la inteligencia y el conocimiento adquirido sabrá cómo, por qué y para qué habrá que utilizar lo que se ha quedado en esa memoria.

La confianza que otorga es única pues mide detalles, voces, rostros, actitudes, cómo comer, dormir, reír, soñar, es la persona misma. Una emoción o un detalle externo pueden abrir puertas de recuerdos que nos harán seguir o parar, arrepentirnos o llorar. Ella da a cada persona la descripción misma del mundo. Todo lo que pasa a través de la percepción, sentidos, pensamientos, todo queda registrado en ella. Es parte de uno mismo, sin ella difícilmente los proyectos y deseos continuarían no habría ningún lazo entre nadie ni con uno ni con el otro ni con nada. La memoria recuerda olores sabores, sentimientos, resentimientos, lo negativo lo positivo, valores. La continuidad de lo que somos se pierde. Es como la brújula de nuestro barco y sin ese timón la vida no se controla, no se reformaría. Imposible enmendarla hacerla crecer. Es la biblioteca de la vida y durante este camino va constantemente cambiando de unos libros por otros unas herramientas por otras, aumenta la agenda de personas que conocemos y con las cuales tendremos conexiones no importa si buenas o malas. La conexión de la memoria con la vida es tan importante que sin su contenido tampoco se hallarían causas o soluciones.

Cómo no atesorarla y cuidarla. Nutrirla y amarla. Esta será quizá una de nuestras más valiosas pertenencias que nos llevaremos al final del camino. Nos dirá si valió la pena esta gran aventura que es vivir.