LAS GRANDES LUCHAS DE UN HOMBRE PEQUEÑO

 

Comparación tonta la condición del hombre con el universo, en ese sentido la especie está condenada a la más cruel indiferencia y descuido. Sin embargo, el libre albedrío y raciocinio nos salva un poco de vernos menos que una bacteria o un virus.

Y no obstante el volumen externo, no se compara en nada con las tremendas afrentas, decepciones y desengaños que ocurren para tomarle el sentido a la vida. Que, si bien no deja de existir el absurdo, otros muchos apuestan por la conciencia espiritual que marca una gran diferencia entre lo instintivo y lo que como humano tiene nuestra especie.

En este descarnado momento en donde se siente que la vida transcurrida no tiene ningún objetivo y que tampoco la vida que se “escoge” ha sido por voluntad propia. Sin mencionar las presiones obvias por las cuales se desvían las metas, hablemos un poco de la conducción subyugante que la sociedad nos marca para andar en el espacio que se forma entre la vida y la muerte.

Cuando en esta manera de existir y sobrellevar una realidad inventada a conveniencia de terceros, uno se piensa sin lugar en este mundo y la pertenencia se va perdiendo. Además de lidiar con estas preguntas sin respuesta, se encuentran por supuesto nuestras propias marañas existenciales, resentimientos, envidias y todas esas cuestiones que no permiten una vida plena.

Aquí será necesaria una voluntad herculiana que nos permita tolerar actitudes tóxicas para después analizarlas sin perder el control. No creo que haya en el grado de los comunes, alguien que no reaccione a la violencia u ofensa con tranquilidad y preguntarle al otro porqué esto o aquello. Nos golpean, golpeamos, venganza, equiparar el dolor con iguales castigos. La relación se demerita y el yo interno se va pudriendo. Incluyo en esto, el cúmulo de pensamientos que llegan acerca de esas situaciones, estableciéndolas como evidencia sin lugar a dudas.

Aparte de los pensamientos propios tenemos la horrible costumbre de pensar por los demás por supuesto a nuestra conveniencia o acomodo para sentirse mejor, menos culpable o inmaculado si se tiene suerte. El hombre como especie es tan arrogante que determina todo en la medida de su propia naturaleza. Por lo tanto, lo que se siente es válido sin menoscabo de daño hecho a los demás y así mismo.

Y esas serán entonces las grandes luchas de un hombre pequeño. Tan pequeño se siente que arrasa con su propio mundo hasta quedarse solo, aislado, abandonado a su “gran inteligencia” sin dar cabida a la opinión de los demás, que, aunque ciertamente no depende, en muchas ocasiones de ellos en las decisiones, si acaban por hacer pinole la confianza que se pudiera haber existido. Genera una duda en cualquier cuestión que desempeñe y como no quiere ser una Sísifo entonces rumia sus penas existentes o no, esa es la vida en ciertos confinamientos, sobre todo la mental. La exterior la abandonaremos un día, pero con la interior se muere, suicidio lento.

Eunoia Caos

15 agosto 2020

Menos tiempo hacia el horizonte

“A medida que envejecemos descubrimos
que lo que en un tiempo se nos antojaron
intereses y preocupaciones absorbentes que
emprendimos y abandonamos, eran en realidad
apetitos o pasiones que nos anegaron
y pasaron de largo, hasta que al fin llegamos
a ver que nuestra vida no tenía más
continuidad de la que tiene un charco entre
las rocas que la marea llena de espuma
y que vacía luego. Nada queda por último
salvo el sedimento que este flujo va dejando;
ámbar gris que sólo vale para qui,enes
saben utilizarlo .”

La tumba sin sosiego. Connolly Cyrill

Triste reflexión  pero cierta, no es sabiduría la que se acumula sino una instrospección del trayecto de vida, de las decisiones en el camino que van formando el carácter y la existencia de una persona.

Un preguntarse  continuamente el origen de las decisiones o de las pasiones que se siguieron y se acumularon como costras en la piel. Sin ver que el tiempo pasa, se continua al principio culpando al mundo, a la familia, al exterior.  Después resignado se toma el sendero que posiblemente ayude a alcanzar esa meta que se piensa es la felicidad.

Esa felicidad que se vende en las empresas, en la escuela, en la familia, aliviando el efecto sin analizar la causa. La rapidez del mundo que obliga al individuo a verse constantemente frustrado ante la incapacidad de alcanzar los supuestos estándares de excelencia.

El placer se interpone como tentación y desahogo de las presiones sociales y así se pasa la vida entre un sube y baja que se va comiendo los sueños y la energía.

Al final sólo queda el mirar hacia atrás y pensar qué tanto se ha hecho por uno mismo y qué tanto se ha desperdiciado por terceros.

“A medida que envejecemos descubrimos
realmente que las vidas de la mayoría de
los seres humanos sólo valen en la medida
en que contribuyen al enriquecimiento y la
emancipación del espíritu. Por seductoras
que puedan ser las gracias animales en
nuestra juventud, si en nuestra madurez
no nos han ayudado a enmendar una sola
letra del texto corrupto de la vida, nues~
tro tiempo se habrá malgastado.” (Ibid)

PRACTICAR EL OLVIDO

Quizás perdonar a veces resulta muy difícil ya sea por ego o por dolor. Disculpamos nuestra posición de humanos porque el pedir perdón nos hiere más que la propia real o imaginaria ofensa y porque se cree que siempre la razón está de nuestro lado y dado que no existe un poco de voluntad para aclarar ciertos puntos que aunque dolorosos resultarían mucho más puros para la conciencia que el ir por ahí con la cola entre las patas como popularmente se dice.

Sin embargo, hoy me encontré con otro punto de vista para buscar o encontrar la paz y no sé si sea válido para eso pero es buena opción. Me hablaron de practicar el olvido para resarcir todo nuestro maravilloso cuerpo de las tóxicas sustancias que genera un odio o un resentimiento ya sea por confusión o por real intención.

Dicen que perdonar no necesariamente significa tener que hablar con la persona en cuestión o confrontar con aquella que se lastimó o lastimamos, basta simplemente tratar de comprender su actitud u olvidar y continuar el camino. Lo primero creo que es más difícil y lo segundo conlleva nuestra fuerza de carácter y madurez que es el control mental sobre lo negativo.

Por qué esto, pues porque hablando de perdón en su definición gramatical significa olvidar la falta que se ha cometido desde uno y hacia el otro lado o librarlo de ese peso pero más que de aquella parte es de parte de nosotros mismos.

Ahora el reto es ese practicar el olvido, controlar esa intención de seguir rumiando con obsesión lo que nos lastimó o lo que lastimamos y sin arreglar nada de eso que arruinó una relación.  De lo contrario el único que recibe toda esa toxina en su totalidad es nuestro maravilloso cuerpo, maravilloso desde el punto de vista de su excelencia en su funcionamiento.

Este cuerpo nuestro recibe, da y no se queja sino poco a poco sin que le hagamos caso o tal vez sólo un instante o un mal cuidado esperando a que se vuelva funcional de nuevo.

Pero no es correcto porque al final cuando los años pasan esto va cobrando otras dimensiones y ni controlamos lo tóxico y vamos con una enfermedad o un enfermo que va en progreso, culpando a todos de nuestras desdichas, amores y tropiezos.

La verdad es que no se tiene el control y la voluntad suficiente para salir de esa putrefacta actitud que lastima una grata vida. Siempre acordándonos de todo lo que nos lastimaron,  no importando las situaciones buenas que se han pasado y me recuerdo una frase que también escuché que dice;”QUÉ NO TIENES QUE NO HAYAS RECIBIDO”. Si hay salud, techo, alimento, educación, oportunidades para avanzar, amores y desamores para comparar los beneficios más que los maleficios. Analicemos todo esto y con seguridad hemos recibido más que las quejas y resentimientos que siempre  exaltamos en nuestras actitudes.

Practiquemos el olvido. Porque el hubiera si existe preguntándonos: Sino hubiera tenido algunas de esas oportunidades, estaría donde estoy ahora o en dónde si no. Seamos justos con nosotros y decidamos cómo seguir viviendo.

SOY UNA MUJER DE TRABAJO

Por mis venas no corre sangre de alto linaje ni tampoco tengo el privilegio del renombre de una familia con recursos, es decir, no soy noble ni burguesa. Nací en un barrio popular de mala muerte que mi padre nunca quiso abandonar, lugar que siempre me produjo aversión aunque debo confesar que de los asaltos y despojos que sufrí nunca fueron en mi barrio.

Mi madre aunque bella mujer siempre fue de familia trabajadora no del campo pero quizás de algún oficio de esa época de las mujeres sumisas y resignadas. No vengo de familia de campesinos que pudieran haber trabajado en sus tierras ejidales ni siquiera tengo herencia de terruños que pudiera labrar.

Soy mujer de trabajo desde niña, cuidando hermanos o haciendo mandados para mi madre. Ella, mi bella guerrera, siempre nos mostró valor para hacer todo por propia cuenta sin depender de nadie. Eso también enseñé a mis hijos lo que hace poco  uno de ellos me lo recordó con cierta molestia.

Nunca he sido de grandes afeites y ropa de marca, quizás en algún tiempo me di el lujo de comprarme algunas cuando trabajaba pero nada que pudiera salirse de lo que me correspondía de mi sueldo. Mi padre se encargaba de repartirlo cada quincena. Una parte para mi, otra para la “casa” y otra para mi futuro, el cual nunca supe dónde fue a parar, quizás en alguna cantina o con los cuates porque no recuerdo algo para mi madre o mis hermanos.

Ella alguna vez nos dijo a mis hermanas y a mí que no teníamos padre o hermano que nos cuidara y que eso nos correspondía a nosotras. Así que desde chica siempre colaboré con mi casa. Cuando adolescente lavaba mi ropa y un menester de casa ya sea ayudar en la cocina o planchar tanto mi ropa como la de mi padre: calzones, camisetas, pañuelos. Las camisas le tocaban a mi madre pues no sabía hacerlo muy bien. Cuando teníamos cría de conejos o pollos me dedicaba a ayudar a mi abuela a despacharlos al otro mundo, teníamos una azotea y a veces parecía un pequeño rastro. Con pena debo confesar que me gustaba ser el verdugo de los pedidos de aves y conejos que recibía mi madre, claro con la colaboración de mi abuela Lupe la materna.

Y salvo raras ocasiones nuestra vida social consistía tal vez en alguna graduación o una boda pero todo nuestro contacto siempre fue con la familia de mi padre y mis primos que también son gente de trabajo, sin más alegría que la de compartir aunque fuera por pocos años una linda convivencia que  aún está fresca en mi memoria.

Así que cuando me casé también seguí siendo una mujer de trabajo, eso me daba más valor de voz y voto aunque mi esposo respetara siempre eso. Por períodos pequeños alguna vez nos alcanzaba para pagar una doméstica que me ayudara con mis hijos y los menesteres de la casa. Mi esposo también colaboraba con ciertas actividades domésticas.

Conforme los años de matrimonio han pasado me he dado cuenta que sigo siendo una mujer de trabajo porque aunque mis hijos ya no están conmigo y ya no cocino como antes, he perdido cierta alegría al hacerlo, no me he jubilado de esos menesteres en su totalidad. Uno a veces se queda muy acostumbrado a ciertas rutinas que se perciben como muy importantes en la vida. Aunque pienso que estos quehaceres domésticos dan más gusto cuando se sabe que es una responsabilidad con amor hacia la familia.

Y ahora que puedo contar más años hacia atrás que hacia adelante, me doy cuenta de que a pesar de haber sido una mujer de trabajo pocas veces reconocido de manera monetaria, no llegué ni a alcanzar una pensión que me siguiera dando voz, voto y respeto hacia el exterior. Mi trabajo no fue tan importante como para haberme ganado una cantidad ni modesta al retiro forzoso al que debí someterme. La sociedad me eliminó por dos cuestiones: una por ser mujer y otra por llegar a vieja, según sus parámetros.

Después de toda una lucha en lo laboral y profesional no me ha quedado sino depender de mi esposo y de mis hijos que aunque con amor creo que hubiera preferido seguir manteniéndome sola y colaborando con mi hogar a tener que recibir ayuda o más aún pedirla cuando el agua me llega al cuello. No sé pedir, agradezco siempre que puedo y elimino las grandes molestias que pudiera ocasionar al sentirme una carga para mi familia. Y aunque sé que no lo soy, sigo pensando en que soy una mujer de trabajo.

Tengo mi carrera que y no obstante no tuvo la oportunidad de ampliarse todo lo que hubiera querido, me ha dado un nicho donde puedo compartir lo que soy como profesionista. Un negocio que gracias a mis hijos me proporciona un sustento digno aunque no millonario en pesos. Ahora que mi esposo se ha jubilado este ramo también le ha permitido dignidad y un salvavidas para no caer en depresión al jubilarse.

Y confieso con cierto cinismo que he dejado atrás muchos menesteres domésticos a propósito para dedicarme a otros intereses que traía bajo piel y este negocio que mis hijos me han regalado me permiten mantenerme como una mujer de trabajo. Les doy gracias por eso.

El cuerpo tiene memoria

Mi madre me dijo que nací completa, habrá que definir “completa”. Todos aquellos que nacemos según la normalidad establecida tenemos un gran regalo porque “nacimos completos”. En este sentido me refiero a mi cuerpo, todo en su lugar dicen, no me falta nada, todos los dedos completos, dos ojos que ven,  en apariencia todo bien. Corazón que late, respira, siente y oye, todo bien dijo el médico.

Nací con un cuerpo, sano decía mi madre. A veces enfermaba, me daban medicina, me levantaba y seguía la vida. Siempre dando por hecho de que no pasa nada en mi cuerpo todo está totalmente controlado y voy por las experiencias siempre con mi piel y lo que en ella se encuentra porque es mi envoltorio, ese que me durará hasta que pase al otro mundo y lo deje. Pero creo que no lo dejaré tal cual me lo han dado porque para comenzar mi cuerpo cambia a cada momento.

Sigo disfrutando de la vida, como y brinco. Corro detrás de algo cuando lo quiero tener o alcanzar, me pongo los zapatos que me acomodan y me sientan a la moda, no importa que al principio me aprieten o no pueda caminar de tan altos que son pero me permitirán verme más alta y esbelta.

También me maquillo y me desaparezco tras una tonelada de cremas carísimas que para el cuello, que para los párpados, el ceño hay que cuidarlo, las comisuras de los labios, esos que me dicen si mi vida ha sido buena o mala o triste, se mueven con las emociones y mi cuerpo sigue cambiando y continuo mi camino porque me siento bien.

Uso mi cuerpo como mejor me conviene, si como mal engorda sino como adelgazo y si picante llora mi estómago y arde la lengua pero queda un gusto estupendo. Si estoy deprimido como dulce y pan y grandes cantidades de pasta. Al fin y al cabo existen los gyms como el confesionario donde se deja toda la porquería que se le hace al cuerpo. O igual bailo zumba aparentando agilidad y gracia, fastidiando mis rodillas y espalda pero feliz, aún no siento que subo de peso, me veo todavía en forma y tengo buen apetito, el latido de mi corazón brinca tal alto que creo está igual de alegre cuando me muevo.

Creo que tengo el comportamiento de una multitud aunque crea que soy original. Y al igual que los otros si nos sentimos decepcionados lloramos y comemos, alcoholizados o drogados no importa, queremos sentirnos bien y nuestro cuerpo es el conductor de ese placer, al fin y al cabo hay productos y comida para la resaca y el cuerpo sigue acumulando una mezcla de buenos y malos momentos y comida y emociones. El cuerpo aguanta nos sentimos bien y los años siguen su camino, su destino? No lo sé.

Mi cuerpo puede hacer cientos de movimientos, con brazos, piernas, ojos, dedos y cada uno tiene su lenguaje, es estupendo tener un cuerpo sabio, completo que no te preocupe por respirar o hacer la digestión o el compromiso de vigilar constantemente aquello interno que nos mantiene en tierra porque si algo está mal seguro nos contesta con un piquetito, o un dolorcito, no pasa nada luego se me va, se esconde esa pequeña molestia  seguimos placentera la estancia terrenal.

En el mundo en el que permanecemos hay ciertas características que necesitamos  cubrir para ser competitivos, físicamente podemos cambiar el aspecto, negar lo que la naturaleza y mi herencia familiar me han transmitido al fin y al cabo ya no me sirve, está obsoleto y no sirve a los propósitos actuales. Y el cuerpo sigue cambiando pero la mente es nuestra podemos ordenarle lo que queramos porque es nuestro envoltorio y somos poseedores de él.

Cuando tomamos decisiones debemos responsabilizarnos del resultado entonces si estuvo bien estamos gozosos pero si no viene la depresión y angustia y el cuerpo cambia. Los años siguen acumulándose.

A veces no tenemos conciencia de que el tiempo pasa porque nos sentimos bien. Hacemos de vez en cuando ejercicio porque las fiestas y las celebraciones nos dejan exhaustos y cansados  y tenemos que dormir al otro día fuera de horario normal, es decir, dormimos de día. Y cuando nos levantamos tenemos cierto atraso  en las actividades cotidianas y con la ansiedad por terminar la concentración se escapa y el olvido se estaciona en citas y objetos hasta en nosotros mismos.

Si nos gusta nuestro trabajo o ya le encontramos cierto sentido, lo desempeño  lo mejor que se pueda aunque pareciera que siempre estamos atrasados en productividad a pesar de trabajos tiempo extra, no importa que no lo paguen, competimos  por un puesto más alto y el jefe dijo que somos buenos candidatos. Estamos fuertes y podemos. Hay que celebrar y comprar algo que diga que vamos por el camino del triunfo aunque no  alcance, se paga luego con los próximos sueldos.

Si hay familia como padre o como madre,las presiones llegan y las responsabilidades se dejan sentir y el cuerpo se colapsa se molesta, se enoja porque los esfuerzos no son recompensados ni reconocidos por nadie ni por compañeros, empresa o la misma familia. Pareciera que nunca  es suficiente la entrega pero pero aún se es y seguimos  para demostrarlo. Unos pequeños dolorcillos en el estómago  alejan de la concentracion pero hay que estar alerta porque como también tiene que seguir la  preparación en otra carrera o negocio que se ha descuidado por las reuniones de trabajo o sociales. No importa todavía se es joven, bueno ya no tanto.

Finalmente después de sube y baja de emociones y sentimientos, festejos, responsabilidades, mala alimentación, falta de sueño, frustración, decepción, depresión se tiene  que acudir al médico porque nuestro mundo comienza a tropezarse y dar vueltas. Pues resulta que de tanto zangoloteo de la vida y el poco cuidado del cuerpo y todo lo que contiene, hígado, riñones, estómago, ojos, cerebro y todo lo demás, se han cansado y tienen una gran deuda de bienestar que se ha perdido porque por hacer lo que no se necesita, el organismo se transforma en un ser exhausto y fastidiado. No se obtuvo todo lo que se quería porque quizás se perdió la brújula de prioridades, nunca se pudo  disfrutar de lo que se tenía por anhelar y codiciar otras muchas situaciones y objetos o personas, la envidia y las presiones sociales lograron dominar la vida y pensamientos,  eligiendo lo equivocado y recibiendo las consecuencias de eso sobre la salud, sobre el cuerpo, aquel que fielmente sigue con tanto esmero a cada ser humano. Que se hinchaba o adelgazaba y retozaba y  aún cuando enviaba pequeñas alertas nunca fueron atendidas completamente.

Así que el cuerpo tiene memoria y  acumula deudas, unas se pueden pagar otras compensar y otras esperar un milagro para poder continuar.

Ahora después de que analizo que mi vida es como cualquiera de muchas y me doy cuenta que estoy envejeciendo, comienzo a acumular enfermedades o a evitar ya ciertos alimentos o actividades incluso abandonar ciertos grupos o amistades. Cambiar estilo de vida. Soy mortal como todos no pretendo más pero el dolor me asusta, nadie sabe cuándo pero creo que podemos elegir el cómo.

EL FLUJO SANGUINARIO DE LA VIOLENCIA

 

En la actualidad tomar la violencia como algo cotidiano, intrínseco a nosotros resulta ya una manera de ser y de actuar. Ha sido un entrenamiento social que ha llevado unas cuántas décadas a través de todos los medios posibles como los videojuegos, la televisión abierta y por cable, las películas de acción, la corrupción cotidiana, las injusticias aplicadas o hechas, el lenguaje sarcástico, los famosos memes y toda clase de pequeñas violencias que a veces ni se perciben como tales, las psicológicas.

Todo a nuestro alrededor es violento hacia nosotros mismos, hacia los demás y todo lo que nos rodea: el planeta, los animales, los bienes propios y ajenos, el orgullo de quebrar reglas y leyes es ya lo habitual.

La autodestrucción de la familia, de las relaciones laborales, las angustias que se sienten todo el tiempo, no darle los buenos días o las gracias o ser corteses incluso nos parece como una grieta por donde puede colarse algo que nos dañe o nos exponga a la violencia de otros.

El pensar siempre en negativo, lo bueno y lo correcto se va diluyendo. Las relaciones personales inexistentes pensando que lo virtual es lo correcto, nuestra máscara para la aceptación, eso que los demás pueden envidiar o desear haciéndonos quizás famositos por unos cuántos que nos siguen o que nos perciben como iguales o como afines en ciertas actitudes.

La libertad que supuestamente existe en los medios creyendo que insultar o burlarse es cuestión de libertad de expresión. El miedo siempre a flor de piel para que no nos sorprendan que somos diferentes y se nos pueda incluir en algún club o grupo.

La sociedad, los diversos grupos en donde interactuamos son un ajuar de máscaras sin fin que debe estar guardado siempre para diversas ocasiones, siempre escondiendo lo verdadero del ser y del corazón, opacando nuestros sentimientos por miedo a que nos crean débiles.

La competencia en cualquier sentido nos han transformado en caníbales y zombies, desechando al que etiquetamos de perdedor, siempre con ese maquillaje de amabilidad y supuesta honestidad.

Si, la violencia nos ha creado un mundo en donde todos somos enemigos, desde el mismo individuo hasta llegar a la gran masa que forma un país, creyéndonos siempre poseedores de una originalidad y naturaleza que ya no existe, porque hemos permitido que todo nuestro exterior mutile lo que de esencia somos todos: seres humanos con las mismas características, problemas y deseos que se trabajan día a día en una lucha diaria por no ser confundidos y nulificados.

Controlar el miedo

Cuando efectuamos todas nuestras actividades siempre tenemos la confianza de que lo hacemos bien, que lo hemos aprendido y sabemos controlar la situación. Así caminamos todos los días a la escuela, conocemos el camino, conducimos, desayunamos, manejamos cubiertos y herramientas, escribimos y leemos. Todo esto con la seguridad en nosotros mismos y en las herramientas que manejamos en la cotidianidad que forma nuestra vida y nos ofrece la experiencia. La destreza crece,  entre mejor lo hacemos y la maestría llega cuando la confianza y seguridad se introduce en nuestra forma de ser.

Pero qué es lo que pasa si algo falla, la rutina se quiebra porque algo pasó en el camión o en el auto, alguien amaneció indispuesto en casa, nos desvelamos o alguien nos dijo una mentira y no pudimos dormir porque nos decepcionamos, estamos tristes o nos mantenemos en vela enojados.

Tal vez no hay sentido para lo que haremos al otro día y ya no hay confianza y comienzan los miedos a despertarse. A pensar en que acumulamos años o no hemos alcanzado una meta. Quizás esa persona en la que tanto habíamos confiado ya no lo es y dependíamos de eso, el miedo invade con la interacción con las personas.

Asi que cuando nos cubren esos temores comienzan también las inseguridades en todo lo que hacemos, que si no estudiamos bien, que  qué tal si no funciona, a lo mejor es tramposo, me dejará tirado el trabajo, para qué hago lo que hago si nada me sale bien.

Los miedos entonces conforman nuestro comportamiento y se introducen en la cotidianidad, se pierde la brújula y el sentido del hacer se diluye poco a poco, ya no importa si se hace o no importa si comienza con una perorata que no termina en ninguna acción.

La confianza es como la esperanza, se podría decir que son sinónimos, también es como la fe en algo o alguien, se pierde cuando esperamos que todo salga como se piensa, como se planea. Pero si algo falla ya no salimos a la calle porque pensamos que algo sucederá o alguien se atravesará en el camino y mi tolerancia será menos que cero. Así que la confianza, fe y esperanza aparecen  en el mismo camino y cuando alguno desaparece comienza el pánico en cada paso que se da.

Enfrentar los miedos, dicen, es la mejor medicina para avanzar y recuperar la seguridad o eliminar cualquier resentimiento o tal vez seguirlo alimentando pero al fin y al cabo el enfrentamiento es inevitable si se quiere seguir cuerdo.

Cuando es alguna desavenencia llena de telarañas tal vez se pueda compensar el daño y descargar el costal que diario cargamos por alguna culpa o revancha. Pero si se queda con nosotros esa carga, nuestro camino siempre será como el de Sísifo, siempre será lo mismo y nunca se podrá avanzar salvo que se tenga el valor de ver esos temores cara a cara y para eso necesitamos conocernos bien porque no es cualquier cosa el enfrentar un miedo. Se dice fácil pero aceptar que lo tenemos  es un trabajo arduo y de carácter.

No porque sea una cuestión de mortal resolución aunque si sería mortal el no enfrentamiento porque permanecerá hasta la muerte y pediremos perdón a cada persona que se atraviese en nuestro camino agónico, así que pensándolo bien si es mortal para el alma y para el cuerpo. Estaremos estancados tanto como eso que nos corroe no sea eliminado o saneado y se pueda perdonar a uno mismo o tal vez a alguien o a algo. Aunque en el fondo siempre los miedos nacidos son por propia decisión, la de creer que algo puede ser del tamaño de nuestras expectativas, eso es desear de acuerdo a como nosotros pensamos que debe ser, creo que eso el origen del deseo o esperanza en algo o alguien y por lo tanto sí somos responsables de crearnos esos miedos, tal vez de manera inconsciente, por cariño, por confianza, por deseo.

No hay manera de seguir adelante con miedos, temores o inseguridades, la vida no puede darnos certezas absolutas ni siquiera una certeza en  la cima de un razonamiento. Así que será mejor que avancemos o dejemos nuestra existencia en manos de una lechuga que finalmente pasará inadvertida salvo que alguien la tenga en un sandwich.

Mi amiga trazadora

Mis objetos más preciados han sido siempre cuadernos y plumas. No colecciono cuadernos pero si acumulaba plumas. Son herramientas increíbles pero además mis dos grandes amigos.

Recuerdo que me gustaban mucho mis clases de escritura, cuando todavía se usaban manguillos y tinteros, ah! qué delicia se sentía correr la plumilla sobre el papel que brincoteaba un poco cuando no me daba cuenta que mi manguillo traía las patas como orqueta, ahí sí que mis pensamientos trotaban cual carreta de trajín de campo. Sin embargo, su deslizamiento era estoico al final de clase.

También son armas grandiosas y temibles porque una vez mi manguillo sirvió cual espada para recuperar mi dignidad pisoteada. La última vez que lo usé fue en la pierna de mi compañera que no me dejó terminar mi escritura por jalarme del cabello.

Ese fue el último día que  blandía mi espada entintada y a partir de ahí la he utilizado para plasmar mis pensamientos y tengo buen cuidado de escoger mis plumas para escribir porque no hay nada que más me disguste que hacerlo con un lápiz o boligrafo prestado. Es como escribir algo ajeno, algo que no me pertenece.

Escojo el punto medio porque me parece que el fino es miedoso e inseguro como si alguien escribiera sobre una cuerda floja y que con cualquier movimiento pecaminoso o truculento, las letras temblaran sin poder ser comprendidas.

Tampoco me gusta el punto grueso porque me parece grotesco, tumultuoso, derrapando entre el querer  darse a entender y el hacerse bolas a propósito so pretexto para encubrir las verdaderas intenciones.

Mi favorito siempre fue el punto medio, incluso en lápiz. Me gusta porque siento que es claro, preciso, directo. Muy sensible en las emociones,  tambaléandose de dolor o alegría. Siempre se muestra claro ante su escritor.

No me gusta el punto azul, me parece burocrático y anodino y ni qué decir de marcar las mayúsculas con otro color. En eso también habría que poner atención. Los colores en la escritura reflejan también el respeto de lo que se escribe. También la fuerza con que empuño mi escritura, habla mucho de quién escribe.

Las plumas que acumulé durante mucho tiempo se fueron haciendo obsoletas. Unas las conservo por puro sentimiento aunque ya no sirvan, otras las tengo por útiles pero siempre las escojo con cariño y devoción porque son las que siempre me han acompañado junto con mis cuadernos a caminar por estos misteriosos recovecos de mi mente. Y ha sido la única herramienta y amiga que ha soportado en infinidad de ocasiones los altibajos de mis emociones. Y aunque mi escritura cojea, se lastima y cae, es mi pluma la que siempre se atraviesa en mis cotidianidades y obcenos pensamientos sin que haya en sus trazos ni un dejo inseguro.

Cuando mi corazón no se atreve a denunciar, el sentido de mi pluma conoce ya mi deseo, invitándome siempre a descararme y entregarme al placer de trazar mis sentimientos.

Tomar la pluma que me ayuda a desfogar mi corazón es parte del ritual para escribir. Saber tomarla es parte de la confianza que tendré en ella para que descifre las letras y aunque es la extensión de lo que plasmo se deforma su movimiento cuando todo lo que traigo no se puede resolver en una frase. Ella comienza a  desfigurar mis líneas, se enoja, se ofende que mi pensamiento no sea claro y me sienta insegura.

Si la suelto no es como desocupar un lápiz o una goma, ella sabe que me tiene hasta la última gota y mis líneas acabarán con ella y todavía la conservaré recordando juntas esas partes que quedan sin llenar, me recuerda que hay que terminar y afrontar eso que me duele o me alegra y me invita de nuevo a jugar con esos códigos que me permitan expresar lo que llevo dentro.

Es mi amiga que no me critica ni juzga siempre a mi lado, presta para atender lo que quiera delinear en un papel o cuaderno y la única que me acepta cual soy.

 

Vejez o ancianidad

Dicen “los que conocen” que es la séptima y última etapa en el desarrollo de la vida, creo que nunca me di cuenta de las otras seis. Sin embargo, estoy consciente de que sí es la última aunque a veces me confundo con ambas y me saltan diferentes significados, muy personales por supuesto.

Pienso que la ancianidad es el avance de los años, la acumulación de muchas juventudes, un cúmulo de experiencias, sabores, colores, variaciones en los sentimientos, la piel arrugada, los músculos flácidos, una pléyade de achaques, dentadura postiza, lentitud en las actividades, fuerza menguada y todas esas cuestiones peyorativas que me suenan cuando hablan de la “tercera edad”.

Pero aún así, el corazón sigue latiendo, anciano sí, pero no de ánimo o de ansias por nuevos proyectos, emociones, se tiene más tiempo, fondos económicos tal vez, pero el cerebro funcionando, creando, haciendo, no para gusto de todos o para obtener más ingresos sino para uno mismo.

Tiempo para aquellos proyectos dejados a mitad del camino, lecturas pendientes, escritos, esculturas, dibujos, un instrumento musical, todo al alcance, del tiempo abierto, la tercera eufemísticamente. Pero aunque se anticipa menos tiempo de vida, uno siempre dice: un día a la vez y eso se vive.

Se está más tiempo en el pasado, nostálgico, melancólico, qué tendría de malo o inútil, creo que nada. Al contrario es el tiempo de recordar aquello que se dejó por obligaciones, apatía,  obstáculos no superados o  miedo. Más irreverencia o menos temor por decir lo que se siente sin menoscabo del qué dirán.

Sin embargo, la vejez es otro significado, es el colapso de las emociones, la incapacidad del cuerpo para manejar situaciones por lo regular angustiosas, impactantes. Alguna experiencia traumática que avanza rápidamente a través de los órganos para salir y mostrarse en un rostro encanecido, triste, asustado, enojado, ansioso, angustiado. Alguien que interiormente se rinde ante el espectáculo de su vida, de sus pensamientos ansiosos, de rencores rumiados a diario, de venganzas planeadas constantemente, de decepción por el mundo o por uno mismo. No hay distinción de edad para este envejecimiento, se da en muchos jóvenes, adultos jóvenes, aquellos que siguen luchando por un espacio propio un mundo ideal, real, tranquilo, benevolente.

Hay jóvenes que se sienten viejos y ancianos. Viejos porque se resignan, tienen una visión derrotada de sus propias vidas y luchan para crearse su propio mundo perfecto y como la sociedad determina la muerte social, estos viejos ya lo sienten en la espalda, en sus quehaceres, la prisa los invade, se sienten desadaptados. Son jóvenes viejos, los prejuicios de la edad los invaden y también la arrogancia los cubre, pues al sentirse “viejos” creen ser maduros, desdeñando a los “jóvenes”. Los ideales como decía Galeano son caminos a seguir, son los planes que se crean con cierta perfección en la mente pero al estarse llevando a cabo existe siempre una contingencia un algo que desvía el plan perfecto y ahí es cuando se cae en la depresión o decepción. Uno siempre tiene grandes expectaciones hacia lo demás hacia otros. Esperamos siempre lo mejor sin tomar en cuenta que la realidad en la que se vive crea numerosos vectores hacia el punto final. Es ahí donde se envejece, se frustra, se amarga la existencia.

Así que ancianidad es la acumulación de años y experiencia. Vejez la resignación y la derrota. Ambos diferentes quehaceres de la vida.

EL SILENCIO

El silencio, es un espacio sin sonido sin ruido. Es quizás de reflexión interna aunque a veces  miedo insoportable.

Puede ser tan violento que la llegada de la locura resultaría muy fácil; porque tiene voz y por lo tanto un cuerpo. Los ermitaños y los espirituales lo veneran, es  parte de su existencia.

Pero…  en ausencia de ruido externo, los sonidos vienen de la mente así es que el silencio permite oír esas voces, todavía sin creerse una atrofia mental. Como si fuera la redención de  ciertos fantasmas que puede ayudar a la concentración.

Aunque también hace larga una espera, invitación a pláticas con uno mismo tal vez es el intermediario entre lo que se cree que se es y lo que la mente cree que ese ser es. Porque son dos personas y el silencio lo dice a cada instante. Cuando no hay ruido externo se piensa que todo está en calma pero siempre hay un mundo de ideas que hablan y cuando están en concordancia con lo que se siente entonces el  silencio reconforta y se le ama.

Puede ser que el silencio sea prudente cuando una persona lo posee, se le califica de sabio incluso. Pero también es un gran represor, obliga a encarar eso que no se confronta y no se toma el reto, la persona se voltea y se duerme.

Quiero ruido externo cuando estoy harta de pensar en  cuestiones exteriores que me apabullan y me crea un ambiente inquieto que no me permite hacer  o decir algo que quiero. Me sumo en el silencio cuando no quiero lastimar algo, entonces él llega y me impone un tapabocas que me impide decir lo que siento.

Siempre digo lo que siento y a veces no es tan bueno aunque sea sincero, no hay entendimiento y prefiero un gran silencio que pueda  ser interpretado como mejor le convenga a quien le moleste. El silencio me da respuestas pero también me da tela para hacer una historia neurótica, miedosa e insegura.  Así que vuelvo al ruido que me permite confundir las palabras de mi mente con las incoherencias externas.

La comunicación a veces se me vuelve tan pesada y tengo en mi mente grandes sentimientos que tengo que expresar pero ahora tengo miedo de decirlas, siempre por alguna razón ya son pocas o ninguna las personas que me entienden. Veo el mundo desde mi perspectiva como todos los demás, no es igual, hay detalles que no concuerdan en algún punto con otros pensamientos u otras manera de ser  y es ahí donde me golpeo  y vuelvo al silencio, parecería sumisión, pero lo cierto es que es cansancio de querer siempre ser entendida y aunque los demás me dicen que no tiene nada que ver lo que pienso con lo que digo, la verdad es que hay siempre una línea que tiene que ver siempre con ese algo que me platican o me dicen. Sin embargo, estoy cayendo en un mundo que no comprendo y ya no tengo ganas de querer entender lo que el otro me dice porque no se me permite explicar lo que siento en su totalidad. Siempre tengo que bailar al son que me toquen para no crear problemas. Así que el silencio ha resultado para mí más benéfico que otras cuestiones con lo que pudiera rebatir ciertos puntos de vista. El silencio me ha dado la oportunidad de pensar bien si es tan necesario que siempre diga lo que siento y veo que la respuesta que me envía es un tanto tranquilizante para mí.

Me gustaría tener alguien con quien hablar sin tapujos, aparte de mí misma   pero cuando me permito oírme tampoco me comprende. Pero esa alegría de tener una buena plática, algo interesante sin que sea profundo sucede cada día menos.

He llegado al punto en que nada es trascendental  y el silencio me permite darme cuenta de muchas situaciones y actitudes. Creo que ya no hablaré de lo que pienso sino trataré de no crear conflictos y si mi amigo el silencio me sigue ayudando junto con mi voluntad podré salvar esta melancolía que cada vez crece sin dejarme disfrutar de muchos detalles tan pequeños externamente pero grandes para mí.

El silencio, el silencio siempre existe, lo opacan los ruidos, los golpes con los objetos, el aire, todo lo ajeno al silencio ayuda a que no ponga mis pensamientos en orden, pero cuál orden. No hay orden en las ideas cuando no se tiene un lugar de destino. Cuál es mi destino?  No lo sé, creía que lo sabía pero ahora no lo sé, por eso acudo a silenciar mis pensamientos, mis sueños.

Ahora llueve y eso me gusta, el silencio se parte, huye por un momento y me gusta. Ver la lluvia caer, aunque suene a cliché es muy agradable, me da frescura y veo su transparencia, esa claridad que el silencio a veces me da.

Me da una pausa, esta lluvia para pensar positivamente y decirme que tengo que seguir venturosa de mi vida, aunque me siento sola, me pregunto si el silencio se siente solo, creo que no. Muchos como yo lo añoran o lo están disfrutando o lo están sufriendo. A veces siento el sufrimiento pero no me duele el silencio, deseo que desaparezca y que tenga frente a mi alguna alegría que ya no puedo tener o sea que tengo nostalgia por eso que siento que he perdido aunque no sé si un día lo tuve, tal vez lo soñé.

La civilización, el progreso, el avance están destruyendo espacios silencios de reposo sin muerte, de existencia sin vida. El futuro me da miedo, las personas se conocen ahora a través de tecleos tontos que silencian al yo verdadero, puedo escribir lo que quiera sin que nadie pueda percibir realmente lo que soy, la estupidez de la tecnología calla el silencio de la reflexión y a nadie parece interesarle. A veces creo que la encomienda de la maravillosa tecnología , estúpida y rápida permite que el silencio no se presente, por lo tanto no hay concentración, hay inquietud de seguir tecleando cualquier tontería, no importa que los demás sepan lo “feliz” que soy, finalmente  la comunicación no establece ningún lazo real, todo efectivamente es “virtual” literalmente, porque nada de lo que escribo existe. Nadie me conoce y no conozco a nadie, así que prefiero apagar el “comunicador mecánico” y me sumo en mis pensamientos cuando el silencio vuelve a mi mente. No quiero pensar en nada que no sea la trasmisión de lo que ahorita estoy pensando y cuando más me sumo con la combinación de silencio y concentración me llega una suerte de ánimo para leer o escribir. Me olvido de cosas vanas, mis preocupaciones ahí estarán porque no hay nada que trabajar por el momento, así que aprovecho el silencio a mi alrededor sin nadie que me interrumpa o me pregunte o me requiera para algo. Soy sola con mi silencio y esto que estoy escribiendo gustosa creo que si sigo sumergiéndome podría escribir cuestiones infinitas, de infinita observación y reflexión y me duele, me duele el mundo y lo que heredamos y no quiero ser cómplice aunque lo soy. Así que silenciosamente coopero para que mi pensamiento sea sólo uno y me tranquilizo, no quisiera saber de nada ni de nadie, todo me lastima, tal vez creen que soy muy fuerte lo cierto es que sigo asiando no sé de qué para fortalecerme. A veces el silencio me trae la imagen de mi madre, siempre fuerte, siempre sonriendo eso me hace avanzar pero también la necesidad de estar con ella, aunque no sé si sea tiempo.

Cuando el silencio me acompaña regresan a mi las ganas de hacer mucho, no tengo cansancio y la rutina no me oprime, así es que disfruto estos momentos de silencio, agradeciendo este espacio que me ha permitido escribir lo que siento, sin que suene a que estoy loca, senil o incoherente.

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