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Menos tiempo hacia el horizonte

“A medida que envejecemos descubrimos
que lo que en un tiempo se nos antojaron
intereses y preocupaciones absorbentes que
emprendimos y abandonamos, eran en realidad
apetitos o pasiones que nos anegaron
y pasaron de largo, hasta que al fin llegamos
a ver que nuestra vida no tenía más
continuidad de la que tiene un charco entre
las rocas que la marea llena de espuma
y que vacía luego. Nada queda por último
salvo el sedimento que este flujo va dejando;
ámbar gris que sólo vale para qui,enes
saben utilizarlo .”

La tumba sin sosiego. Connolly Cyrill

Triste reflexión  pero cierta, no es sabiduría la que se acumula sino una instrospección del trayecto de vida, de las decisiones en el camino que van formando el carácter y la existencia de una persona.

Un preguntarse  continuamente el origen de las decisiones o de las pasiones que se siguieron y se acumularon como costras en la piel. Sin ver que el tiempo pasa, se continua al principio culpando al mundo, a la familia, al exterior.  Después resignado se toma el sendero que posiblemente ayude a alcanzar esa meta que se piensa es la felicidad.

Esa felicidad que se vende en las empresas, en la escuela, en la familia, aliviando el efecto sin analizar la causa. La rapidez del mundo que obliga al individuo a verse constantemente frustrado ante la incapacidad de alcanzar los supuestos estándares de excelencia.

El placer se interpone como tentación y desahogo de las presiones sociales y así se pasa la vida entre un sube y baja que se va comiendo los sueños y la energía.

Al final sólo queda el mirar hacia atrás y pensar qué tanto se ha hecho por uno mismo y qué tanto se ha desperdiciado por terceros.

“A medida que envejecemos descubrimos
realmente que las vidas de la mayoría de
los seres humanos sólo valen en la medida
en que contribuyen al enriquecimiento y la
emancipación del espíritu. Por seductoras
que puedan ser las gracias animales en
nuestra juventud, si en nuestra madurez
no nos han ayudado a enmendar una sola
letra del texto corrupto de la vida, nues~
tro tiempo se habrá malgastado.” (Ibid)

SOY UNA MUJER DE TRABAJO

Por mis venas no corre sangre de alto linaje ni tampoco tengo el privilegio del renombre de una familia con recursos, es decir, no soy noble ni burguesa. Nací en un barrio popular de mala muerte que mi padre nunca quiso abandonar, lugar que siempre me produjo aversión aunque debo confesar que de los asaltos y despojos que sufrí nunca fueron en mi barrio.

Mi madre aunque bella mujer siempre fue de familia trabajadora no del campo pero quizás de algún oficio de esa época de las mujeres sumisas y resignadas. No vengo de familia de campesinos que pudieran haber trabajado en sus tierras ejidales ni siquiera tengo herencia de terruños que pudiera labrar.

Soy mujer de trabajo desde niña, cuidando hermanos o haciendo mandados para mi madre. Ella, mi bella guerrera, siempre nos mostró valor para hacer todo por propia cuenta sin depender de nadie. Eso también enseñé a mis hijos lo que hace poco  uno de ellos me lo recordó con cierta molestia.

Nunca he sido de grandes afeites y ropa de marca, quizás en algún tiempo me di el lujo de comprarme algunas cuando trabajaba pero nada que pudiera salirse de lo que me correspondía de mi sueldo. Mi padre se encargaba de repartirlo cada quincena. Una parte para mi, otra para la “casa” y otra para mi futuro, el cual nunca supe dónde fue a parar, quizás en alguna cantina o con los cuates porque no recuerdo algo para mi madre o mis hermanos.

Ella alguna vez nos dijo a mis hermanas y a mí que no teníamos padre o hermano que nos cuidara y que eso nos correspondía a nosotras. Así que desde chica siempre colaboré con mi casa. Cuando adolescente lavaba mi ropa y un menester de casa ya sea ayudar en la cocina o planchar tanto mi ropa como la de mi padre: calzones, camisetas, pañuelos. Las camisas le tocaban a mi madre pues no sabía hacerlo muy bien. Cuando teníamos cría de conejos o pollos me dedicaba a ayudar a mi abuela a despacharlos al otro mundo, teníamos una azotea y a veces parecía un pequeño rastro. Con pena debo confesar que me gustaba ser el verdugo de los pedidos de aves y conejos que recibía mi madre, claro con la colaboración de mi abuela Lupe la materna.

Y salvo raras ocasiones nuestra vida social consistía tal vez en alguna graduación o una boda pero todo nuestro contacto siempre fue con la familia de mi padre y mis primos que también son gente de trabajo, sin más alegría que la de compartir aunque fuera por pocos años una linda convivencia que  aún está fresca en mi memoria.

Así que cuando me casé también seguí siendo una mujer de trabajo, eso me daba más valor de voz y voto aunque mi esposo respetara siempre eso. Por períodos pequeños alguna vez nos alcanzaba para pagar una doméstica que me ayudara con mis hijos y los menesteres de la casa. Mi esposo también colaboraba con ciertas actividades domésticas.

Conforme los años de matrimonio han pasado me he dado cuenta que sigo siendo una mujer de trabajo porque aunque mis hijos ya no están conmigo y ya no cocino como antes, he perdido cierta alegría al hacerlo, no me he jubilado de esos menesteres en su totalidad. Uno a veces se queda muy acostumbrado a ciertas rutinas que se perciben como muy importantes en la vida. Aunque pienso que estos quehaceres domésticos dan más gusto cuando se sabe que es una responsabilidad con amor hacia la familia.

Y ahora que puedo contar más años hacia atrás que hacia adelante, me doy cuenta de que a pesar de haber sido una mujer de trabajo pocas veces reconocido de manera monetaria, no llegué ni a alcanzar una pensión que me siguiera dando voz, voto y respeto hacia el exterior. Mi trabajo no fue tan importante como para haberme ganado una cantidad ni modesta al retiro forzoso al que debí someterme. La sociedad me eliminó por dos cuestiones: una por ser mujer y otra por llegar a vieja, según sus parámetros.

Después de toda una lucha en lo laboral y profesional no me ha quedado sino depender de mi esposo y de mis hijos que aunque con amor creo que hubiera preferido seguir manteniéndome sola y colaborando con mi hogar a tener que recibir ayuda o más aún pedirla cuando el agua me llega al cuello. No sé pedir, agradezco siempre que puedo y elimino las grandes molestias que pudiera ocasionar al sentirme una carga para mi familia. Y aunque sé que no lo soy, sigo pensando en que soy una mujer de trabajo.

Tengo mi carrera que y no obstante no tuvo la oportunidad de ampliarse todo lo que hubiera querido, me ha dado un nicho donde puedo compartir lo que soy como profesionista. Un negocio que gracias a mis hijos me proporciona un sustento digno aunque no millonario en pesos. Ahora que mi esposo se ha jubilado este ramo también le ha permitido dignidad y un salvavidas para no caer en depresión al jubilarse.

Y confieso con cierto cinismo que he dejado atrás muchos menesteres domésticos a propósito para dedicarme a otros intereses que traía bajo piel y este negocio que mis hijos me han regalado me permiten mantenerme como una mujer de trabajo. Les doy gracias por eso.

EL SILENCIO

El silencio, es un espacio sin sonido sin ruido. Es quizás de reflexión interna aunque a veces  miedo insoportable.

Puede ser tan violento que la llegada de la locura resultaría muy fácil; porque tiene voz y por lo tanto un cuerpo. Los ermitaños y los espirituales lo veneran, es  parte de su existencia.

Pero…  en ausencia de ruido externo, los sonidos vienen de la mente así es que el silencio permite oír esas voces, todavía sin creerse una atrofia mental. Como si fuera la redención de  ciertos fantasmas que puede ayudar a la concentración.

Aunque también hace larga una espera, invitación a pláticas con uno mismo tal vez es el intermediario entre lo que se cree que se es y lo que la mente cree que ese ser es. Porque son dos personas y el silencio lo dice a cada instante. Cuando no hay ruido externo se piensa que todo está en calma pero siempre hay un mundo de ideas que hablan y cuando están en concordancia con lo que se siente entonces el  silencio reconforta y se le ama.

Puede ser que el silencio sea prudente cuando una persona lo posee, se le califica de sabio incluso. Pero también es un gran represor, obliga a encarar eso que no se confronta y no se toma el reto, la persona se voltea y se duerme.

Quiero ruido externo cuando estoy harta de pensar en  cuestiones exteriores que me apabullan y me crea un ambiente inquieto que no me permite hacer  o decir algo que quiero. Me sumo en el silencio cuando no quiero lastimar algo, entonces él llega y me impone un tapabocas que me impide decir lo que siento.

Siempre digo lo que siento y a veces no es tan bueno aunque sea sincero, no hay entendimiento y prefiero un gran silencio que pueda  ser interpretado como mejor le convenga a quien le moleste. El silencio me da respuestas pero también me da tela para hacer una historia neurótica, miedosa e insegura.  Así que vuelvo al ruido que me permite confundir las palabras de mi mente con las incoherencias externas.

La comunicación a veces se me vuelve tan pesada y tengo en mi mente grandes sentimientos que tengo que expresar pero ahora tengo miedo de decirlas, siempre por alguna razón ya son pocas o ninguna las personas que me entienden. Veo el mundo desde mi perspectiva como todos los demás, no es igual, hay detalles que no concuerdan en algún punto con otros pensamientos u otras manera de ser  y es ahí donde me golpeo  y vuelvo al silencio, parecería sumisión, pero lo cierto es que es cansancio de querer siempre ser entendida y aunque los demás me dicen que no tiene nada que ver lo que pienso con lo que digo, la verdad es que hay siempre una línea que tiene que ver siempre con ese algo que me platican o me dicen. Sin embargo, estoy cayendo en un mundo que no comprendo y ya no tengo ganas de querer entender lo que el otro me dice porque no se me permite explicar lo que siento en su totalidad. Siempre tengo que bailar al son que me toquen para no crear problemas. Así que el silencio ha resultado para mí más benéfico que otras cuestiones con lo que pudiera rebatir ciertos puntos de vista. El silencio me ha dado la oportunidad de pensar bien si es tan necesario que siempre diga lo que siento y veo que la respuesta que me envía es un tanto tranquilizante para mí.

Me gustaría tener alguien con quien hablar sin tapujos, aparte de mí misma   pero cuando me permito oírme tampoco me comprende. Pero esa alegría de tener una buena plática, algo interesante sin que sea profundo sucede cada día menos.

He llegado al punto en que nada es trascendental  y el silencio me permite darme cuenta de muchas situaciones y actitudes. Creo que ya no hablaré de lo que pienso sino trataré de no crear conflictos y si mi amigo el silencio me sigue ayudando junto con mi voluntad podré salvar esta melancolía que cada vez crece sin dejarme disfrutar de muchos detalles tan pequeños externamente pero grandes para mí.

El silencio, el silencio siempre existe, lo opacan los ruidos, los golpes con los objetos, el aire, todo lo ajeno al silencio ayuda a que no ponga mis pensamientos en orden, pero cuál orden. No hay orden en las ideas cuando no se tiene un lugar de destino. Cuál es mi destino?  No lo sé, creía que lo sabía pero ahora no lo sé, por eso acudo a silenciar mis pensamientos, mis sueños.

Ahora llueve y eso me gusta, el silencio se parte, huye por un momento y me gusta. Ver la lluvia caer, aunque suene a cliché es muy agradable, me da frescura y veo su transparencia, esa claridad que el silencio a veces me da.

Me da una pausa, esta lluvia para pensar positivamente y decirme que tengo que seguir venturosa de mi vida, aunque me siento sola, me pregunto si el silencio se siente solo, creo que no. Muchos como yo lo añoran o lo están disfrutando o lo están sufriendo. A veces siento el sufrimiento pero no me duele el silencio, deseo que desaparezca y que tenga frente a mi alguna alegría que ya no puedo tener o sea que tengo nostalgia por eso que siento que he perdido aunque no sé si un día lo tuve, tal vez lo soñé.

La civilización, el progreso, el avance están destruyendo espacios silencios de reposo sin muerte, de existencia sin vida. El futuro me da miedo, las personas se conocen ahora a través de tecleos tontos que silencian al yo verdadero, puedo escribir lo que quiera sin que nadie pueda percibir realmente lo que soy, la estupidez de la tecnología calla el silencio de la reflexión y a nadie parece interesarle. A veces creo que la encomienda de la maravillosa tecnología , estúpida y rápida permite que el silencio no se presente, por lo tanto no hay concentración, hay inquietud de seguir tecleando cualquier tontería, no importa que los demás sepan lo “feliz” que soy, finalmente  la comunicación no establece ningún lazo real, todo efectivamente es “virtual” literalmente, porque nada de lo que escribo existe. Nadie me conoce y no conozco a nadie, así que prefiero apagar el “comunicador mecánico” y me sumo en mis pensamientos cuando el silencio vuelve a mi mente. No quiero pensar en nada que no sea la trasmisión de lo que ahorita estoy pensando y cuando más me sumo con la combinación de silencio y concentración me llega una suerte de ánimo para leer o escribir. Me olvido de cosas vanas, mis preocupaciones ahí estarán porque no hay nada que trabajar por el momento, así que aprovecho el silencio a mi alrededor sin nadie que me interrumpa o me pregunte o me requiera para algo. Soy sola con mi silencio y esto que estoy escribiendo gustosa creo que si sigo sumergiéndome podría escribir cuestiones infinitas, de infinita observación y reflexión y me duele, me duele el mundo y lo que heredamos y no quiero ser cómplice aunque lo soy. Así que silenciosamente coopero para que mi pensamiento sea sólo uno y me tranquilizo, no quisiera saber de nada ni de nadie, todo me lastima, tal vez creen que soy muy fuerte lo cierto es que sigo asiando no sé de qué para fortalecerme. A veces el silencio me trae la imagen de mi madre, siempre fuerte, siempre sonriendo eso me hace avanzar pero también la necesidad de estar con ella, aunque no sé si sea tiempo.

Cuando el silencio me acompaña regresan a mi las ganas de hacer mucho, no tengo cansancio y la rutina no me oprime, así es que disfruto estos momentos de silencio, agradeciendo este espacio que me ha permitido escribir lo que siento, sin que suene a que estoy loca, senil o incoherente.