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EL SILENCIO

El silencio, es un espacio sin sonido sin ruido. Es quizás de reflexión interna aunque a veces  miedo insoportable.

Puede ser tan violento que la llegada de la locura resultaría muy fácil; porque tiene voz y por lo tanto un cuerpo. Los ermitaños y los espirituales lo veneran, es  parte de su existencia.

Pero…  en ausencia de ruido externo, los sonidos vienen de la mente así es que el silencio permite oír esas voces, todavía sin creerse una atrofia mental. Como si fuera la redención de  ciertos fantasmas que puede ayudar a la concentración.

Aunque también hace larga una espera, invitación a pláticas con uno mismo tal vez es el intermediario entre lo que se cree que se es y lo que la mente cree que ese ser es. Porque son dos personas y el silencio lo dice a cada instante. Cuando no hay ruido externo se piensa que todo está en calma pero siempre hay un mundo de ideas que hablan y cuando están en concordancia con lo que se siente entonces el  silencio reconforta y se le ama.

Puede ser que el silencio sea prudente cuando una persona lo posee, se le califica de sabio incluso. Pero también es un gran represor, obliga a encarar eso que no se confronta y no se toma el reto, la persona se voltea y se duerme.

Quiero ruido externo cuando estoy harta de pensar en  cuestiones exteriores que me apabullan y me crea un ambiente inquieto que no me permite hacer  o decir algo que quiero. Me sumo en el silencio cuando no quiero lastimar algo, entonces él llega y me impone un tapabocas que me impide decir lo que siento.

Siempre digo lo que siento y a veces no es tan bueno aunque sea sincero, no hay entendimiento y prefiero un gran silencio que pueda  ser interpretado como mejor le convenga a quien le moleste. El silencio me da respuestas pero también me da tela para hacer una historia neurótica, miedosa e insegura.  Así que vuelvo al ruido que me permite confundir las palabras de mi mente con las incoherencias externas.

La comunicación a veces se me vuelve tan pesada y tengo en mi mente grandes sentimientos que tengo que expresar pero ahora tengo miedo de decirlas, siempre por alguna razón ya son pocas o ninguna las personas que me entienden. Veo el mundo desde mi perspectiva como todos los demás, no es igual, hay detalles que no concuerdan en algún punto con otros pensamientos u otras manera de ser  y es ahí donde me golpeo  y vuelvo al silencio, parecería sumisión, pero lo cierto es que es cansancio de querer siempre ser entendida y aunque los demás me dicen que no tiene nada que ver lo que pienso con lo que digo, la verdad es que hay siempre una línea que tiene que ver siempre con ese algo que me platican o me dicen. Sin embargo, estoy cayendo en un mundo que no comprendo y ya no tengo ganas de querer entender lo que el otro me dice porque no se me permite explicar lo que siento en su totalidad. Siempre tengo que bailar al son que me toquen para no crear problemas. Así que el silencio ha resultado para mí más benéfico que otras cuestiones con lo que pudiera rebatir ciertos puntos de vista. El silencio me ha dado la oportunidad de pensar bien si es tan necesario que siempre diga lo que siento y veo que la respuesta que me envía es un tanto tranquilizante para mí.

Me gustaría tener alguien con quien hablar sin tapujos, aparte de mí misma   pero cuando me permito oírme tampoco me comprende. Pero esa alegría de tener una buena plática, algo interesante sin que sea profundo sucede cada día menos.

He llegado al punto en que nada es trascendental  y el silencio me permite darme cuenta de muchas situaciones y actitudes. Creo que ya no hablaré de lo que pienso sino trataré de no crear conflictos y si mi amigo el silencio me sigue ayudando junto con mi voluntad podré salvar esta melancolía que cada vez crece sin dejarme disfrutar de muchos detalles tan pequeños externamente pero grandes para mí.

El silencio, el silencio siempre existe, lo opacan los ruidos, los golpes con los objetos, el aire, todo lo ajeno al silencio ayuda a que no ponga mis pensamientos en orden, pero cuál orden. No hay orden en las ideas cuando no se tiene un lugar de destino. Cuál es mi destino?  No lo sé, creía que lo sabía pero ahora no lo sé, por eso acudo a silenciar mis pensamientos, mis sueños.

Ahora llueve y eso me gusta, el silencio se parte, huye por un momento y me gusta. Ver la lluvia caer, aunque suene a cliché es muy agradable, me da frescura y veo su transparencia, esa claridad que el silencio a veces me da.

Me da una pausa, esta lluvia para pensar positivamente y decirme que tengo que seguir venturosa de mi vida, aunque me siento sola, me pregunto si el silencio se siente solo, creo que no. Muchos como yo lo añoran o lo están disfrutando o lo están sufriendo. A veces siento el sufrimiento pero no me duele el silencio, deseo que desaparezca y que tenga frente a mi alguna alegría que ya no puedo tener o sea que tengo nostalgia por eso que siento que he perdido aunque no sé si un día lo tuve, tal vez lo soñé.

La civilización, el progreso, el avance están destruyendo espacios silencios de reposo sin muerte, de existencia sin vida. El futuro me da miedo, las personas se conocen ahora a través de tecleos tontos que silencian al yo verdadero, puedo escribir lo que quiera sin que nadie pueda percibir realmente lo que soy, la estupidez de la tecnología calla el silencio de la reflexión y a nadie parece interesarle. A veces creo que la encomienda de la maravillosa tecnología , estúpida y rápida permite que el silencio no se presente, por lo tanto no hay concentración, hay inquietud de seguir tecleando cualquier tontería, no importa que los demás sepan lo “feliz” que soy, finalmente  la comunicación no establece ningún lazo real, todo efectivamente es “virtual” literalmente, porque nada de lo que escribo existe. Nadie me conoce y no conozco a nadie, así que prefiero apagar el “comunicador mecánico” y me sumo en mis pensamientos cuando el silencio vuelve a mi mente. No quiero pensar en nada que no sea la trasmisión de lo que ahorita estoy pensando y cuando más me sumo con la combinación de silencio y concentración me llega una suerte de ánimo para leer o escribir. Me olvido de cosas vanas, mis preocupaciones ahí estarán porque no hay nada que trabajar por el momento, así que aprovecho el silencio a mi alrededor sin nadie que me interrumpa o me pregunte o me requiera para algo. Soy sola con mi silencio y esto que estoy escribiendo gustosa creo que si sigo sumergiéndome podría escribir cuestiones infinitas, de infinita observación y reflexión y me duele, me duele el mundo y lo que heredamos y no quiero ser cómplice aunque lo soy. Así que silenciosamente coopero para que mi pensamiento sea sólo uno y me tranquilizo, no quisiera saber de nada ni de nadie, todo me lastima, tal vez creen que soy muy fuerte lo cierto es que sigo asiando no sé de qué para fortalecerme. A veces el silencio me trae la imagen de mi madre, siempre fuerte, siempre sonriendo eso me hace avanzar pero también la necesidad de estar con ella, aunque no sé si sea tiempo.

Cuando el silencio me acompaña regresan a mi las ganas de hacer mucho, no tengo cansancio y la rutina no me oprime, así es que disfruto estos momentos de silencio, agradeciendo este espacio que me ha permitido escribir lo que siento, sin que suene a que estoy loca, senil o incoherente.

Tengo un problema cardíaco

Tengo un problema cardíaco que me araña el alma,

No sé cómo siento pero el tiempo se me acaba,

Tengo un problema cardíaco, aunque soy afortunado de presenciar hoy el alba,

Pero tengo sueños incumplidos y la culpa me acompaña.

Mi corazón envejecido busca respuesta y no la halla,

La angustia también está y el escorzor me carcome

Y no tengo más allá que pedazos de recuerdos

Que me nublan cada día este pobre entendimiento.

Tengo un problema cardíaco de suspiros que se escapan

De sueños que para ti, tenía escondidos en mi alma

Mas tiempo ya no me queda para situaciones largas

¿Por qué me dejaste solo?

¿Tan malo es así mi karma?

No sé hasta cuándo pero sé que el tiempo corre

Y yo no lo logro alcanzarte

Mi corazón siempre quiere estrecharse con el tuyo

Pero siempre tu muralla se impacta con tu repudio

Tengo un problema cardíaco y confío que al concluir, estas heridas abiertas

Estén prontas a ceder ya en este cansado cuerpo y entonces

por ese esfuerzo tan vano desfallezca ya por fin

por esos sueños que nunca, nunca te pude cumplir.

Somos crueles

 LOGO BABEL 1

 

Algunos filósofos o pensadores o escritores aceptan que el hombre es violento por naturaleza, malo dirían otros. Lo cierto es que de esta violencia surge el pensamiento de ser crueles, es decir, de infligir dolor o sufrimiento a uno mismo o a los demás o en algún objeto por qué no.

La crueldad actúa incluso en pequeños detalles cotidianos y además ejerce un velado o descarado placer en aplicarlo en aquello que lastima o que se cree origen de un sufrimiento mayor en uno mismo. Y hay un comportamiento vigente de crueldad en cada uno de los pensamientos que producen incomodidad incluso, son como pequeñas venganzas que nos hacen justificar esos actos porque se piensa en la bondad del origen del comportamiento personal y la ingratitud a quien no aprecio el acto.

Aplicamos crueldad sutil en comportamientos que parecen ser tiernos y delicados o en sobreproteger a alguien tanto hasta inutilizarlo, mutilarlo para que no funcione sino alrededor de uno mismo o de las necesidades del otro. Quizás ni se perciba como acto malévolo sino como un acto de justicia y eso suele ser peligroso sino se percibe en conciencia la sutil línea entre uno y otro.

La crueldad sacude la tranquila naturaleza de la persona y le llega como emoción profunda y despiadada viendo cómo quien la inflinge se regodea internamente al ver el sufrimiento de ese que se piensa más cruel que el mismo que ejerce el acto.

Se puede sentir el deseo de atormentar al otro en pequeñas acciones como el no decir lo que se siente, no enfrentar ese dolor y reclamarlo o explicarlo. No, el hombre no está educado para dialogar ante la crueldad del otro, está para aplicar el dolor de la misma manera y aún con mayor intensidad para hacerle notar cuán nefasto fue su proceder.

Actualmente se vive un entrenamiento constante en la violencia, aquella declarada en imágenes fijas o en movimiento, en el lenguaje velado como libertad de expresión, en las comunicaciones impersonales, en las burlas, los acosos, las ironías o sarcasmos. Todo es crueldad hacia la propia esencia del hombre pero también el otro lado se expone, la necesidad de reconocimiento, de sentido por la propia vida, del miedo al compromiso, de incapacidad de hablar con el otro o mantener el contacto visual que permita la transparencia del alma.

De manera que al ser vulnerables en el interior se construye una personalidad ficticia, que no es uno mismo y se utiliza para defensa y ofensa pero llorando siempre en el fondo. Porque sufre más quien contiene el recipiente de resentimiento y dolor y lo va volcando en su cotidianidad que a aquellos a quien se los lanza en olvido, venganzas, represalias, malas formas y actitudes enfermizas. Así que seguirmos siendo el problema pero también la solución.

Desentilichando mi vida

DESENTILICHANDO MI VIDA ii

Como cualquiera otra persona tengo un lugar llamado desván, bodega, sótano o caja vieja de cartón o madera. Ahí guardo todo lo que siento me puede servir de nuevo. Dejo ahí papeles, servilletas, etiquetas, fotografías. Cosas más grandes tal vez libros, revistas, mis diarios acumulados y toda suerte de cuestiones importantes que en algún momento atesoré. Ropa querida pensando en que algún podré ser la talla de hace treinta años. La onda vintage sería mi estilo así que lo conservo por si acaso, por si las dudas. Cámaras que ya no tienen reparación, mesas porque creí en un proyecto y lo dejé sin luchar, carpetas con presentaciones que siguen con pequeñas reminiscencias de querer ser “ejecutivo” de nuevo.

Cada año acostumbro desentilichar, es decir, tirar todo aquello que ya no me sirva desde una plancha a la que un día quise componer porque le faltaba un tornillito y nunca lo busqué. La jarrita que me gustó y jamás usé. También una chamarra que guardaba para ocasiones especiales pero eso no se presentó así que también va para afuera. Todos mis trebejos de años anteriores figuritas de algún novio, mensajitos románticos y hasta poemas, pues como ya es “ex” lo que sea, no es necesaria la conservación de alguien o algo que tuvieron sentido en algún momento.

Esto de la acumulación y suma de recuerdos y cositas, listoncitos y todo esto a lo que llamo trebejos resultan en espacios requeridos cada vez más grandes. Me parece que a veces mi casa es una bodega donde guardo los viejos recuerdos de las personas que aún estimamos, sus regalos y las fotografías con ellos. Junto con los de mi familia y parientes.

También se esconden esos antiguos proyectos que con gran entusiasmo comencé y que a la postre sólo fueron sueños que no se asentaron reales u obstáculos que nunca pude superar. También me deshago de esos juegos en familia que nunca practicamos y guardo esas fotos de años en donde creí que mis hijos no crecerían tan pronto. Ahora los sustituyo por los actuales esos mis adultos jóvenes abriéndose paso con grandes ilusiones. Eso me enorgullece y hasta ahora puedo verlos como hombres caminando su vida con alegría y perseverancia.

Esos dibujos que hicieron de pequeños, fotografías y ropita de cuando eran bebés, sus medallitas y zapatitos. Todo eso que puede resultar cursi en una persona pero con el tiempo son experiencias compartidas que nunca se olvidan. Eso lo conservaré siempre. Archivo en una gran carpeta todas sus destrezas en la pintura y en las letras. También sus cartas a los Reyes que ahora después de tantos años de haber dejado su niñez permanecen con nosotros cada fin de año.

Sigo poniendo a la sombra mis querencias. Son fotografías de mi infancia con mis padres y mis hermanos tal vez con la esperanza de que un día volverán aquellos a los que sigo extrañando. He tenido grandes afectos que a su partida conservaron siempre una montaña de cuestiones increíbles como análisis de todos sus hijos, boletas de calificaciones, sus dientes de leche hasta libros de texto, supongo que mucho mejores que los de hoy.

Con los años me he dado cuenta de que es mejor dejar ir aquello que me mantiene en el pasado y no me permite avanzar. Lanzar por el aire aquello que me duele y decretar que seguiré adelante con lo que tengo. Arrojar a la basura los detalles dolorosos, las frustraciones o relaciones añejas ya fastidiadas de seguir el mismo círculo ahora ya indiferente. Mantener físicamente todo aquello que pensé permanecería eterno sólo me ha llevado a aguijonear la existencia sin querer avanzar. Sosteniendo aquello tan querido que pareciera que fue un instante el vivido y no muchos años.

Así que este año como todos los anteriores desentilicho mi vida, elimino recuerdos y suspiros tontos, todos los que pueda. Conservando únicamente las buenas experiencias y dejando en el olvido todo aquello que me ha corroído muchos instantes. Es buena terapia, romper, tirar y regalar todo aquello que ya no uso, ya no quiero o me lastima. Eso se irá seguramente a la incineración o estará más feliz en una casa hogar o vendiéndose en algún mercado de pulgas.

 

 

 

 

Esas pequeñas fortalezas

Cómo es que siento que el tiempo ha pasado tan pronto. Cuando la vida en común con una familia comienza. Tiene planes, sueños, actividades qué hacer. Cada quien toma su tarea, pensada, planeada o no,  sólo la hace.

La vida en la actualidad tan rápida tan súbita. Las rutinas hacen que se pierdan tantos sentidos en el camino. Las responsabilidades como las bolas de nieve, pequeñas al principio y repente tan grandes. Cuesta cargarlas pero se sigue.

La vida cotidiana absorbe, luego son los deberes. Los hijos crecen, ayudados, cobijados o no. Errores que se cometen, a veces se corrigen o se la pasa uno dando disculpas que no terminan. Las personas hacen lo que pueden a veces con lo que tienen, otras con lo que pueden conseguir y continúan con su camino.

Las fiestas, las diversiones o entretenimientos llegan a ser también monótonos y repetitivos. No se siente que sea uno mismo, se deja absorber y se pierde en el ruido de las ciudades, se deja uno llevar por los amigos o parientes. Pero la inutilidad de las actividades comienza a ser lo mismo. Se pregunta uno mismo si lo que hace tiene alguna finalidad.

Y en el fondo siempre está aquella cuestión deseada, ya empolvada, las telarañas del tiempo nublan la claridad de esos pensamientos que quieren aflorar. Uno ya no encuentra el principio de la madeja. Cómo es que se perdió entre tanto marasmo civilizado. Escudriñando siempre entre los recuerdos, deseando siempre encontrar algo de qué asiarse para continuar.

Uno siempre trabaja, va como loco de allá para acá, sube, baja. Hace bien sus deberes, bueno eso se piensa uno. Que va bien como padre, como madre, como hijo, como nuera, como yerno. Al final cuando termina uno su labor de eso, se queda encordado como no dejarse detener pero ya hay un espacio grande, cada vez más grande. Entonces uno se detiene y ve para atrás una multitud de años y de minutos, sin cuenta de cuándo pasaron, por qué no se detuvieron un poco más. Y suspira de tantas horas, minutos y días que pasaron en la inmensidad de cuestiones absurdas.

Acumular bienes, amigos, parientes, fiestas. Nunca se detiene, siempre querer más, las demandas de todos, partirse en tres en cuatro además de uno mismo. Y no sé porque se pone uno muy triste, si porque el final está más cerca o porque quisiera enmendar o seguir cometiendo errores y sentir más alegrías.

Y siguiendo con esa búsqueda interna, esa voz nuestra que nunca miente y que está siempre en uno, en la profundidad, sigue apoyando y logra entonces encontrar grandes vivencias, experiencias deliciosas. Esas pequeñeces que todavía se encuentran en un baúl muy personal, muy íntimo. Esas que no se escapan de la piel y de la memoria. Y se perciben momentos más buenos que malos y más generosos de contento que de pena o enojo. Esos que te dejan lágrimas de alegría, que no puedes dejar de pensar y querer traerlos de vuelta contigo. Y uno se abraza de eso con toda su alma.

Cada persona es el fuego cálido de esas vivencias, de esas que se hacen fuertes con el tiempo. Y como los diques que protegen de las tormentas, de las violentas mareas. Eso es lo vivido con las querencias. Entonces uno se vuelve fuerte y tornan las ganas y regresa el ímpetu y se inyecta de nuevo el espíritu.

Es así como esas pequeñas fortalezas son las que ayudan a recrear el sentido de la vida y la continuidad del deleite. Porque si bien el tiempo vuela, aún en las malas experiencias lo bueno siempre será más de peso.